Nace una armada: Alfonso X y la creación de la marina castellana
El mar, asignatura pendiente de la Reconquista
Cuando Fernando III conquistó Sevilla en 1248, el reino de Castilla se asomó por primera vez al Mediterráneo con una costa sustancial. Pero aquella victoria, lograda con naves traídas del Cantábrico al mando de Ramón Bonifaz, puso de manifiesto una carencia estratégica que su hijo y sucesor, Alfonso X el Sabio, fue el primero en diagnosticar con claridad: sin una armada permanente, cualquier avance territorial era vulnerable. Las rutas de suministro de los musulmanes a través del estrecho de Gibraltar seguían abiertas, y las costas recién conquistadas carecían de protección naval propia.
El cronista y general auditor José Cervera Pery, en su estudio fundamental Las empresas navales del reino de Castilla —recogido en la serie Castilla y el mar—, señala que Castilla se convirtió en reino marítimo cuando Alfonso X consolidó la conquista territorial de su padre, incorporando al reino las villas de las costas de Andalucía Occidental (Cádiz, Puerto de Santa María y Cartagena) y repoblándolas con gente marinera del Cantábrico. El mar dejaba de ser una frontera para convertirse en una oportunidad y, a la vez, un frente abierto.
Las atarazanas de Sevilla: el primer arsenal real
El primer paso de Alfonso X fue material. En 1252, apenas un año después de subir al trono, ordenó reconstruir las atarazanas almohades de Sevilla, un vasto complejo de 19 naves que ocupaban un perímetro de 1.600 pies y alcanzaban los 45 pies de altura (aproximadamente 426,5 por 12 metros). Eran, con diferencia, las instalaciones navales más grandes de la Península. Para ponerlas en funcionamiento, el rey reservó ciertos bosques para la obtención de madera y atrajo a trabajadores cualificados mediante beneficios fiscales, creando una nómina de operarios francos que aseguraban el mantenimiento de la flota.
El historiador Eduardo Aznar Vallejo, en su trabajo La guerra naval en Castilla durante la Baja Edad Media, documenta también las atarazanas de Santander, aunque estas eran mucho más modestas: cuatro naves que sumaban unos 68 por 37 metros. El investigador precisa que estas instalaciones estaban reservadas a las embarcaciones sutiles —galeras y modelos semejantes—, que constituían una pequeña porción de la flota septentrional, formada mayoritariamente por navíos redondos como naves y naos del Cantábrico.
El cuerpo de cómitres: marinos al servicio del rey
Un año después de poner en marcha las atarazanas, Alfonso X sentó las bases de una organización naval estable. En 1253 suscribió con el maestre de Santiago, Pelayo Pérez Correa, un acuerdo por el que la orden militar se comprometía a mantener una galera con 200 hombres durante tres meses al año, a cambio de 1.600 aranzadas de olivar en el Aljarafe. El botín que se obtuviera se partiría por mitad entre el rey y el maestre.
Ese mismo año —o quizá ya en 1254—, el monarca firmó un contrato con diez cómitres. Cada uno de ellos se obligaba a sostener a su costa una galera, rehecha o sustituida cada nueve años, y a tenerla a punto para la navegación y el combate. A cambio, el rey les otorgaba un heredamiento con cuyas rentas podían hacer frente a la obligación. Debían mantener cinco hombres armados en la galera y reponerla en un plazo de siete años si se perdía. El botín, de nuevo, se repartía al cincuenta por ciento. Los primeros cómitres fueron, en su mayoría, franceses, catalanes y genoveses, junto a algunos cántabros: la Corona importó el conocimiento técnico del Mediterráneo para ponerlo al servicio de la nueva marina castellana.
Como explica Miguel Ángel Ladero Quesada, miembro de la Real Academia de la Historia y autor del estudio El almirantazgo de Castilla en la Baja Edad Media (incluido en la serie Castilla y el mar), el rey Alfonso X desarrolló una activa política naval en los comienzos de su reinado, y el acuerdo con los cómitres fue una pieza clave de ese entramado. Cada galera debía llevar 100 hombres guarnecidos de hierro, 50 lanzas, 4 ballestas de estribera y 2 de dos pies, además de 1.000 cuadrillos (saetas de madera tostada), 10 escudos y 10 capillos de hierro.
El Almirantazgo de Castilla: una institución para siglos
En diciembre de 1254, Ruy López de Mendoza, uno de los tres árbitros del Repartimiento de Sevilla y su tierra, comenzó a ser titulado Almirante. No era un nombre vacío: el almirante no solo mandaba la flota en combate, sino que ejercía como juez en asuntos marítimos, supervisaba la construcción de barcos y administraba los puertos reales. Aquel oficio se convertiría en una de las instituciones más longevas de la historia de España, perviviendo durante siglos.
Las Siete Partidas, el gran código legal promovido por Alfonso X, dedicaron una atención minuciosa a la guerra naval. Distinguían entre «flota» (conjunto de galeras y naves que sirven al rey con gran cantidad de gente, al modo de la hueste terrestre) y «armada» (corto número de embarcaciones aprestadas para una ocasión concreta). Enumeraban los tipos de embarcación —desde naves y carracas hasta galeras, galeotas, taridas, saetías y leños—, las armas (dardos, ballestas de estribera y de torno, espadas, hachas, lanzas con garabatos) y los pertrechos. Hasta las provisiones de a bordo quedaban registradas: bizcocho, carne salada, legumbres, queso y ajos para evitar su corrupción, junto con agua, sidra y vino.
La ley establecía también cómo repartir los beneficios de la guerra. Si el rey ponía todos los elementos —navíos, soldadas, armamento y alimentos—, recibía la ganancia completa. En caso contrario, la repartía por cuartos con los contribuyentes. De los beneficios de los particulares, el rey llevaba el quinto, y su almirante, el séptimo.
La Orden de Santa María de España y el proyecto africano
Alfonso X no se detuvo ahí. Viendo la necesidad de contar con una fuerza naval permanente y de inspiración religiosa, creó la Orden de Santa María de España «para fecho del mar», con sede en El Puerto de Santa María —población que el propio rey había fundado— y conventos en Cartagena, San Sebastián y La Coruña. La orden estaba concebida para combatir por mar a los musulmanes y proteger las costas castellanas. Sin embargo, su existencia fue efímera: desapareció en 1280, absorbida por la Orden de Santiago, que tomó a su cargo los señoríos y rentas que había tenido.
También proyectó el rey Sabio la llamada «cruzada de África», para la que solicitó ayuda a los monarcas aragonés e inglés. De aquella empresa solo quedó la efímera ocupación de Salé, en la costa atlántica del actual Marruecos, en 1260. Una expedición dirigida por Juan García de Villamayor, mayordomo del rey, actuando como «adelantado mayor de la mar» —un oficio puntual, no confundible con el de almirante, según precisa Ladero Quesada—, que no tuvo continuidad. Castilla aún carecía de los recursos logísticos para sostener campañas ultramarinas de largo alcance.
La campaña de Algeciras: la flota en acción
El potencial guerrero de la marina creada por Alfonso X se puso a prueba en la campaña contra Algeciras de 1278-1279. Según la Crónica de Alfonso X, la flota castellana llegó a estar compuesta por 80 galeras y 24 naves, sin contar galeotas, leños y otros navíos menores. Era, para la época, una fuerza imponente.
Sin embargo, el día 25 de julio de 1279, el almirante Pedro Martínez de Fe sufrió una estrepitosa derrota ante la flota musulmana frente a Algeciras. El desastre fue total: la flota se deshizo, el almirante tuvo que llevar su nave a Tánger y permaneció preso dos años. Aquella catástrofe, unida a la crisis política de los últimos años de su reinado, llevó a Alfonso X a abandonar sus proyectos navales. No obstante, la semilla ya estaba plantada. Como señala el estudio de la serie Castilla y el mar, la suma de las iniciativas alfonsíes —atarazanas, cómitres, almirantazgo, legislación— supuso «una notable potencia guerrera» que sus sucesores heredarían y ampliarían.
El legado: de Alfonso X a la batalla del Estrecho
El testigo lo recogió su hijo Sancho IV, que ante la amenaza meriní contrató los servicios del genovés Benedetto Zaccaria —uno de los marinos más experimentados del Mediterráneo, veterano de Constantinopla y de la batalla de Meloria— con 12 galeras armadas y equipadas. Zaccaria obtuvo una gran victoria sobre los meriníes el 6 de agosto de 1291 e intervino decisivamente en la conquista de Tarifa (octubre de 1292). Pero el capítulo más brillante de aquella primera marina de Castilla lo escribiría la centuria siguiente, bajo Alfonso XI, durante la llamada «batalla del Estrecho».
Ladero Quesada, en su minucioso estudio del almirantazgo, destaca la figura de Jofre Tenorio, almirante de Alfonso XI entre 1314 y 1340. Su intervención naval durante la campaña regia de 1326 contra Granada —guarda de la costa con 6 galeras, 8 naos y 6 leños— ilustra bien la capacidad operativa que la marina castellana había alcanzado. Tenorio derrotó también a la flota portuguesa del genovés Manuel Pessaño en septiembre de 1337, cerca de Lisboa.
Tan solo tres años después, sin embargo, Tenorio moriría en desigual combate contra la flota meriní en la bahía de Algeciras. Su cabeza, según la Crónica de Alfonso XI, fue cortada por los musulmanes. La guerra por mar, como reconocía ya la literatura jurídica de la época recogida en la serie Castilla y el mar, «es como cosa desamparada, e de mayor peligro que la de tierra».
Del Cantábrico al Estrecho: los frutos de la política alfonsí
La creación del almirantazgo por Alfonso X no fue un gesto simbólico. En el reinado de Pedro I —llamado el Justiciero por unos, el Cruel por otros—, el empeño naval alcanzó cotas extraordinarias. El historiador José Cervera Pery, en la obra incluida en Castilla y el mar, recoge un dato revelador: tras sufrir un descalabro en Guardamar en 1358, en el que perdió casi toda su flota por un temporal, Pedro I no cejó en su empeño naval, y en ocho meses se construyeron doce nuevas galeras y se carenaron quince de las antiguas. Aquella capacidad de recuperación, imposible sin la base institucional y material creada por Alfonso X, permitió a Castilla presentar batalla a la poderosa escuadra aragonesa en sus propias costas.
El cronista Jerónimo de Zurita resumió la novedad de la situación con estas palabras: «en los tiempos pasados nunca los reyes de Castilla fueron tan señores por la mar que por sí emprendiesen de hacer guerra sino a los moros, y esto con la ayuda de los reyes de Aragón y de genoveses, por la incomodidad grande que tenían de armar galeras». Para cuando se escribieron esas líneas, la situación había cambiado por completo.
Un curioso episodio posterior muestra hasta qué punto. Tras restablecerse las relaciones entre ambos reinos, según documenta Aznar Vallejo, Castilla pidió a Aragón el envío de gente en lugar de galeras, argumentando que «los moros no tenían armada que fuese superior a la del rey de Castilla». La petición, leída en su contexto, es un indicador claro de la confianza —y la realidad— del poder naval que Alfonso X había puesto en marcha un siglo antes.
El broche final de aquella larga singladura lo pondría Juan II, en las postrimerías de la guerra de los Cien Años, cuando —según Cervera Pery— «una potente armada facilitó, gracias a una brillante campaña naval, la incorporación a suelo francés de las plazas fuertes de Burdeos y Bayona». Sin la armada que Alfonso X imaginó y construyó, ninguna de aquellas empresas habría sido posible.
Conclusión
Alfonso X el Sabio no fue solo un legislador y un poeta; fue también el arquitecto de la primera marina de guerra castellana. Sus atarazanas de Sevilla, su cuerpo de cómitres, la creación del Almirantazgo y la regulación de la guerra naval en las Siete Partidas constituyen los cimientos sobre los que se edificó el poder marítimo de Castilla. Aunque sus proyectos más ambiciosos —la conquista de África, la Orden de Santa María de España— quedaron inconclusos, la maquinaria que puso en marcha demostró su eficacia durante generaciones. Del Cantábrico al estrecho de Gibraltar, del Atlántico al canal de la Mancha, la marina que nació con Alfonso X se convirtió en un instrumento decisivo de la política castellana. Sin ella, la Reconquista habría sido incompleta. Y sin ella, difícilmente podría entenderse el salto a ultramar que, dos siglos después, cambiaría la historia del mundo.
📚 Fuentes y recursos
– Aznar Vallejo, Eduardo. La guerra naval en Castilla durante la Baja Edad Media. En la España Medieval, 2009, vol. 32, pp. 167-192. (Serie Castilla y el mar)
– Cervera Pery, José. Las empresas navales del reino de Castilla (1248-1474). Patronato del Alcázar de Segovia, 2003. (Serie Castilla y el mar)
– Ladero Quesada, Miguel Ángel. El almirantazgo de Castilla en la Baja Edad Media. Siglos XIII a XV. Real Academia de la Historia. (Serie Castilla y el mar)
– Cuaderno Monográfico n.º 72 del Instituto de Historia y Cultura Naval. La Marina de la Corona de Aragón. Madrid, 2016.
– Pérez Embid, Florentino. La marina real castellana en el siglo XIII. Anuario de Estudios Americanos, 6 (1969), pp. 141-185.
– Calderón Ortega, José Manuel. El almirantazgo de Castilla. Historia de una institución conflictiva (1250-1560). Alcalá de Henares, 2003.

Deja una respuesta