Categoría: Historia de España

  • Castilla no miraba al mar: orígenes de la marina castellana (siglo XIII)

    Castilla no miraba al mar: orígenes de la marina castellana (siglo XIII)

    Castilla no miraba al mar: orígenes de la marina castellana (siglo XIII)

    _Este artículo forma parte de la serie «Castilla y el mar: 250 años que cambiaron el mundo»_

    El reino continental que se topó con el mar

    A principios del siglo XIII, el reino de Castilla era una máquina de guerra territorial imparable. En 1212, Alfonso VIII había destrozado a los almohades en Las Navas de Tolosa. Fernando III arrastraba la Reconquista hacia el sur a un ritmo que parecía imparable: Córdoba (1236), Jaén (1246), Sevilla (1248). Pero había un problema estructural: Castilla no miraba al mar. Sus intereses eran terrestres: la llanura castellana, los valles del Tajo y del Guadiana, la frontera con el Islam. Mientras la Corona de Aragón acumulaba experiencia naval en el Mediterráneo y las repúblicas italianas (Génova, Venecia, Pisa) dominaban las rutas comerciales, Castilla llegaba tarde y sin preparación al mar.

    No es que faltaran tradiciones marineras en la cornisa cantábrica. Vizcaya, Guipúzcoa, Santander, Asturias y Galicia tenían una larga experiencia pesquera y mercante, pero esas flotas no formaban parte de una armada real organizada. Como señala el historiador Eduardo Aznar Vallejo, durante los siglos XIII y XIV la Corona creó «poderosos medios para la guerra naval» que incluían atarazanas, especialistas y la figura del Almirante. Sin embargo, debido a su estructura feudal, la Corona de Castilla —como casi todas las entidades políticas de su tiempo— carecía de fuerzas armadas permanentes, y todo estaba aún por construir desde la iniciativa regia.

    El cerco de Sevilla (1247-1248): la lección de la necesidad

    Cuando Fernando III puso sitio a Sevilla, se encontró con un problema milenario: la ciudad era inexpugnable por tierra mientras recibiera suministros por el río Guadalquivir y desde el norte de África. Para aislarla hacía falta una flota, y Castilla no la tenía.

    La solución fue recurrir a los puertos cantábricos. En el verano de 1247, Ramón Bonifaz —un burgalés que algunos autores han supuesto de origen mediterráneo francés— trajo desde la costa norte una agrupación de 13 naves y galeras. Con ellas derrotó a más de 30 barcos musulmanes y, en un episodio decisivo, rompió el puente de barcas que unía Triana con Sevilla, cortando el suministro de la ciudad. Sin embargo, y pese a lo que afirmaron cronistas antiguos, Bonifaz no fue el primer almirante de Castilla. Como documenta Miguel Ángel Ladero Quesada, miembro de la Real Academia de la Historia, el título de almirante llegaría años después, en el reinado de Alfonso X.

    Los barcos que participaron en el cerco —naos del Cantábrico, pinazas y galeras— no eran propiedad del rey. Eran naves de particulares, de las villas marineras de la cornisa cantábrica, que ya tenían tradición marinera pero que actuaban como flota eventual, contratada para una campaña concreta. Esta fórmula —recurrir a navíos privados mediante contratos de flete y soldadas— se convertiría en seña de identidad de la organización naval castellana durante siglos, un sistema que perduraría hasta bien entrado el siglo XV.

    El «barrio de la mar» y el fuero de Sevilla (1251)

    Consciente de que la toma de Sevilla abría una ventana al mar, Fernando III dispuso la organización de la ciudad a fuero de Toledo el 15 de junio de 1251, pero con una innovación clave: la creación de un «barrio de la mar». Los vecinos de este barrio tendrían alcalde propio, nombrado por el rey, que juzgaría con ayuda de seis hombres buenos «sabidores del fuero de la mar». Las ordenanzas exigían que hubiese al menos 20 carpinteros, 3 herreros y 3 barberos-cirujanos entre los vecinos, y todos ellos estarían obligados a servir en actividades marítimas a su costa durante tres meses al año si eran movilizados. Era el embrión de una política naval, pero aún sin la estructura de un almirantazgo.

    Alfonso X el Sabio y la creación del almirantazgo (1252-1254)

    El verdadero arquitecto de la marina castellana fue Alfonso X el Sabio. En 1252, nada más subir al trono, reconstruyó las atarazanas almohades de Sevilla, convirtiéndolas en el primer arsenal real de Castilla. Las atarazanas hispalenses fueron el centro neurálgico de la construcción naval castellana durante toda la Baja Edad Media: según los padrones del siglo XV llegaron a tener 486 trabajadores francos adscritos (en 1422), y su capacidad máxima era de 20 galeras y 2 leños simultáneamente. Allí trabajaban carpinteros de ribera, calafates, tejedores de velas, herreros y todo un ecosistema de oficios vinculados a la industria naval.

    Alfonso X desarrolló una política naval ambiciosa desde los primeros años de su reinado. En junio de 1253 suscribió un acuerdo con el maestre de la Orden de Santiago, Pelayo Pérez Correa, para que este mantuviese aparejada una galera con 200 hombres y prestase servicio de tres meses anuales. A cambio, el maestre recibiría 1.600 aranzadas de olivar en el Aljarafe y 250 maravedís de oro el primer año, además de la mitad del botín obtenido en empresas navales.

    Poco después, entre agosto de 1253 y 1254, el rey firmó un contrato con diez cómitres —capitanes de galera—, en su mayoría franceses, catalanes, genoveses y cántabros. Cada uno se comprometía a sostener a su costa una galera, rehecha o sustituida cada nueve años, y mantenerla a punto para la navegación y el combate. A cambio, el rey otorgaba a cada cómitre un heredamiento cuyas rentas permitirían cubrir los gastos, sostener cinco hombres armados en la galera y repararla o reponerla en un plazo de siete años si se perdía. El botín se repartiría por mitad entre el rey y los cómitres. Fue en diciembre de 1254 cuando Ruy López de Mendoza, uno de los «tres árbitros del Repartimiento» de Sevilla, comenzó a ser titulado Almirante. Nacía así el almirantazgo de Castilla.

    Las Siete Partidas: la guerra por mar adquiere rango legal

    La gran contribución jurídica de Alfonso X fue la regulación de la guerra naval en las Siete Partidas, concretamente en la Partida II, título XXIV («De la guerra de la mar»). Allí se definió por primera vez la figura del almirante, sus competencias y la organización de la flota. El almirante era descrito como «adelantado en los maravillosos fechos» de la guerra por mar, con atribuciones que duraban «desque moviere la flota fasta que torne al lugar donde movió». Debía ser de buen linaje, cuidador de su honra, desprendido y leal al servicio del monarca, competente y valeroso. Al terminar la campaña, el almirante debía justificar ante «orne del rey» todas las armas y aparejos que llevó en la flota, y las que se hubiesen perdido en la acción.

    El texto alfonsí es extraordinariamente consciente de la especificidad del combate naval. Las Partidas afirman que «la guerra por mar es como cosa desamparada, e de mayor peligro que la de tierra», un reconocimiento explícito de los riesgos especiales que entrañaba navegar y combatir en el mar. La obra distingue dos formas de hacer la guerra en el mar: la flota —gran concentración de barcos, comparable a una «hueste grande» terrestre, con grandes preparativos— y la armada —un número menor de galeras y barcos armados en corso, a modo de «cabalgada». Las Partidas también enumeraban las cuatro condiciones necesarias para la guerra naval: tener conocimientos de la mar y los vientos, poseer navíos bien pertrechados de hombres y armas, disponer de un buen caudillo, y contar con osadía y ardimiento.

    Junto a la creación del almirantazgo, Alfonso X intentó establecer una fuerza naval permanente mediante acuerdos con la nobleza y con profesionales del mar. En 1260 lanzó la llamada «cruzada dallent mar», una expedición contra la ciudad norteafricana de Salé, dirigida por Juan García de Villamayor, mayordomo del rey, con el título de «adelantado mayor de la mar» y jurisdicción sobre todos los puertos de Castilla, León, Galicia y el Algarbe. Sin embargo, la operación fue un éxito aislado, y la actividad de la flota real con base en Sevilla fue escasa durante los veinte años siguientes.

    El desastre de Algeciras (1279): el precio de la inexperiencia

    Cuando Alfonso X decidió retomar la iniciativa naval en la lucha por el control del Estrecho de Gibraltar, el resultado fue catastrófico. La llamada «batalla del Estrecho» enfrentaba a castellanos y meriníes norteafricanos por el dominio del paso estratégico entre el Mediterráneo y el Atlántico. Durante el cerco de Algeciras, la flota castellana sufrió una derrota humillante el 25 de julio de 1279. El almirante Pedro Martínez de Fe —que ya había intervenido en el asalto a Salé— vio cómo los musulmanes deshicieron su flota de 80 navíos de vela y 24 galeras, además de barcos auxiliares. Martínez de Fe fue hecho prisionero y conducido a Tánger, donde permaneció dos años.

    El desastre de Algeciras fue un punto de inflexión. Alfonso X, sumido además en una grave crisis política en los últimos años de su vida, abandonó prácticamente sus proyectos de política naval. La lección estaba clara: sin una organización permanente, sin marinos experimentados y sin una infraestructura logística sólida, la guerra en el mar era un empeño ruinoso.

    Sancho IV y los almirantes mercenarios

    A la muerte de Alfonso X, el peligro meriní se hizo más acuciante. Sancho IV, ante la amenaza inminente de invasión desde el norte de África, recurrió a una solución pragmática: contratar almirantes extranjeros. En 1284 negoció los servicios de Micer Benedetto Zaccaría, un experimentado marino genovés que había actuado en Constantinopla —controlando el alumbre de la isla de Focea—, en Italia —derrotando a los pisanos en la batalla de Meloria en agosto de 1284— y al servicio del emperador bizantino Miguel Paleólogo.

    El contrato fue excepcional incluso para los estándares de la época: estipulaba 12 galeras armadas y equipadas por 6.000 doblas anuales cada una, más el señorío de El Puerto de Santa María. Zaccaría se comprometía a mantener siempre una galera defendiendo la boca del Guadalquivir. Paralelamente, Sancho IV reclamó barcos desde los puertos del Cantábrico: según su Crónica, vinieron más de cien, armados a costa de los concejos —Castro Urdiales envió dos naves, La Coruña y Pontevedra una galera cada una—, bajo el mando de Fernán Pérez Maimón.

    Zaccaría regresó a Génova en 1285 tras una tregua con los meriníes, pero volvió en 1291 con 7 galeras genovesas, a las que se unieron otras 5 construidas en Sevilla. El 6 de agosto de 1291 obtuvo una gran victoria sobre los meriníes, y su intervención fue decisiva en la conquista de Tarifa en octubre de 1292, donde además contó con 10 naves catalano-aragonesas al mando del vicealmirante Berenguer de Montoliú. Por entonces, Zaccaría cobraba un sueldo de 180.000 maravedís en seis meses por mantener tres galeras (unos 10.000 maravedís al mes por galera, equivalentes a unas 500 doblas). Pero en 1294, durante el asedio meriní de Tarifa, Zaccaría rompió sus relaciones con Sancho IV, regresó a Génova y acabó siendo almirante de Felipe IV de Francia entre 1297 y 1300. Murió en 1314.

    Durante el sitio de Tarifa de 1294, ante el fallo de las galeras de Zaccaría, intervinieron Juan Mathe de Luna —regidor sevillano— y Fernán Pérez Maimón, que ostentaron el almirantazgo entre 1295 y 1299, contratando 15 galeras del almirante catalán Guillen Escrivá y armando otras cuatro en Sevilla. La flota así formada consiguió que los musulmanes levantaran el cerco de Tarifa.

    El almirantazgo como institución en formación

    A lo largo del siglo XIII, la figura del almirante pasó de ser un título ocasional a convertirse en una institución reconocida, aunque distaba mucho de contar con una flota permanente. La nómina de almirantes del siglo XIII es elocuente: Fernán Gutiérrez (1272), Pedro Lasso de la Vega (1278), Pedro Martínez de Fe (1279), Payo Gómez Chariño (1284-1286) —que también fue conocido como poeta y había participado en las acciones navales del cerco de Sevilla en 1247-48—, Pedro y Ñuño Díaz de Castañeda (1286-1291), y luego el genovés Zaccaría (1291-1293). Todos ellos mandaban flotas eventuales, reunidas para campañas concretas y desarmadas al terminar la misión.

    Como señala el historiador Rafael Sánchez Saus, «remuneración de servicios, promesas cortesanas, parentesco y cercanía a la real persona son las motivaciones que impulsaban el nombramiento de determinados almirantes, lo que no difiere de las que se observan en otros muchos oficios de la administración central o territorial de la Corona». Pero la necesidad de especialistas hacía que a menudo se nombrase almirante a personas alejadas de los círculos cortesanos, e incluso a extranjeros. La tensión entre profesionalidad y linaje marcó toda la historia del almirantazgo medieval castellano.

    El legado de un siglo

    Cuando el siglo XIII llegaba a su fin, Castilla seguía sin tener una marina permanente. La guerra naval se organizaba mediante contratos —como demuestra el sistema de fletes y soldadas donde «sólo se computaban las soldadas, ya que los reyes no debían pagar fletes, bastimentos ni otros gastos»—, embargos de barcos y acuerdos con la marina mercante cantábrica. Pero se habían sentado las bases: unas atarazanas capaces de construir y reparar galeras, un cuerpo legal pionero que definía la guerra en el mar, y una institución —el almirantazgo— que, aunque frágil y dependiente de la iniciativa regia, perduraría durante siglos.

    Los proyectos navales de Alfonso X, pese a su fracaso parcial, marcaron un antes y un después. Por primera vez, un rey castellano había intentado crear una flota real con base en Sevilla, había legislado sobre la guerra naval y había establecido un marco institucional para el mando en el mar. Las Siete Partidas seguirían siendo el referente jurídico de la marina castellana durante toda la Baja Edad Media, y las atarazanas de Sevilla —con sus altibajos— continuarían siendo el arsenal del reino hasta bien entrado el siglo XVI.

    Castilla no miraba al mar. Pero en el siglo XIII, a base de necesidad, de ensayo y error, y de contratar a los mejores marinos del Mediterráneo —desde genoveses como Zaccaría hasta catalanes como Escrivá—, empezó a girar la cabeza. El camino hacia 1492 —y hacia un imperio oceánico— comenzó en aquellos astilleros improvisados de Sevilla, en los contratos con cómitres extranjeros y en las naos vizcaínas que rompieron el puente de Triana.

    📚 Fuentes y recursos

    – AZNAR VALLEJO, Eduardo. «La organización de la flota real de Castilla en el siglo XV». CEMYR, Universidad de La Laguna.

    – LADERO QUESADA, Miguel Ángel. «El almirantazgo de Castilla en la Baja Edad Media. Siglos XIII a XV». Real Academia de la Historia.

    – Instituto de Historia y Cultura Naval. «Cuaderno Monográfico n.º 72: La Marina de la Corona de Aragón». Madrid: Ministerio de Defensa, 2016.

    – RUIZ POVEDANO, José María. «La fuerza naval castellana en la costa del Reino de Granada (1482-1500)». Chronica Nova, 28, 2001, pp. 401-435.

    – ESPILEZ MURCIANO, Felipe. «La guerra en la mar en las Siete Partidas». Revista de Historia Naval, 2013.

  • La Guerra del Asiento (1739-1748): el conflicto que obligó a España a renovar su Armada

    La Guerra del Asiento (1739-1748): el conflicto que obligó a España a renovar su Armada

    El origen del conflicto: del Tratado de Utrecht a la oreja de Jenkins

    La Guerra del Asiento (1739-1748), también conocida como Guerra de la Oreja de Jenkins, tuvo su origen en el enfrentamiento de dos conceptos económicos irreconciliables: el monopolio comercial español frente al libre comercio que reclamaba Gran Bretaña. Así lo resume el Cuaderno Monográfico 44 del Instituto de Historia y Cultura Naval: «La guerra de la Oreja de Jenkins (1739-1748) tuvo su origen en el enfrentamiento de dos conceptos económicos: monopolio español vs libre comercio británico».

    Por el Tratado de Utrecht (1713), España concedió a Inglaterra el asiento de negros —el monopolio para introducir esclavos en las Indias durante treinta años— y el navío de permiso anual, un barco de 500 toneladas autorizado a comerciar directamente con los puertos americanos. Los británicos explotaron ambos privilegios como tapadera de un contrabando masivo. La Revista de Historia Naval explica que «España deseaba mantener el monopolio comercial con América, mientras que los ingleses abogaban por el libre comercio. Al margen de estas concesiones, los británicos mercadeaban cuanto podían en acciones consideradas contrabando por los españoles».

    En 1731, el guardacostas español La Isabela interceptó al bergantín británico Rebecca. Durante el registro, el capitán Robert Jenkins perdió una oreja. Siete años después, Jenkins exhibió la oreja conservada en alcohol ante la Cámara de los Comunes, y el partido belicista del duque de Newcastle aprovechó la indignación popular para forzar al primer ministro Robert Walpole a declarar la guerra. Como recoge la RHN, «el primer ministro, sir Robert Walpole, tuvo que declarar a España la Guerra del Asiento el 23 de octubre de 1739». Walpole, que se oponía al conflicto, profetizó: «Ahora suenan las campanas; pronto se retorcerán las manos».

    La gigantesca flota de Vernon contra Cartagena de Indias

    El escenario principal del conflicto fue el Caribe. El vicealmirante Edward Vernon, que ya había tomado Portobelo en 1739, puso sus ojos en Cartagena de Indias, el puerto más fortificado del imperio español en América y punto de partida de los galeones cargados de plata. La flota británica era la mayor fuerza anfibia reunida hasta entonces: entre 180 y 200 embarcaciones, incluidos 30 a 35 navíos de línea, 130 a 140 transportes de tropas, y una fuerza combinada de más de 23.000 soldados y marinos.

    La RHN describe los preparativos ingleses con precisión: «La flota inglesa apareció al norte de Cartagena entre el 13 y el 15 de marzo, aunque los españoles ya estaban prevenidos». «El número de navíos ingleses de línea oscila según las fuentes entre 30 y 35. El de los de transporte de tropas, entre 130 y 140, y el de otros barcos auxiliares de combate, entre 20 y 25. El total de embarcaciones británicas que arribaron a Cartagena bascula entre 180 y 200».

    Frente a este gigante, la defensa española disponía de tan solo seis navíos de línea —Galicia, San Felipe, San Carlos, África, Conquistador y Dragón— y unos 3.000 hombres entre tropas regulares, milicianos e indios flecheros. El mando lo compartían dos personalidades enfrentadas: el virrey Sebastián de Eslava, teniente general del Ejército, y el teniente general de la Armada Blas de Lezo y Olavarrieta, comandante del apostadero de Cartagena.

    Blas de Lezo: «Mediohombre» contra la Royal Navy

    Blas de Lezo, apodado «Mediohombre» por las heridas sufridas en cuarenta años de servicio —perdió un ojo, un brazo y una pierna—, conocía mejor que nadie las limitaciones de sus fuerzas. La RHN documenta que Lezo envió al marqués de Villanas la Carta del general D. Blas de Lezo remitiendo al marqués de Villanas el Diario del sitio de Cartagena de Indias, año de 1741, un testimonio de primera mano sobre la batalla.

    La pugna entre Eslava y Lezo fue constante. Según la RHN, «Lezo llega a acusar a Desnaux de haber sido sobornado por Eslava para falsear la historia». En un consejo de guerra celebrado el 25 de marzo, «Lezo favorable al abandono de las posiciones en Bocachica y al hundimiento de sus barcos, y a un Desnaux en franco desacuerdo con ello». Dos días después, otro consejo presidido por Eslava ordenó resistir en Bocachica.

    Lezo desplegó una estrategia ingeniosa: bloqueó los canales de acceso hundiendo sus propios barcos. La RHN narra: «Tres barcos de línea se hundieron intentando bloquear Bocachica, pero en esta operación también cundió el desorden; de hecho, el cuarto barco, el Galicia, cayó con parte de la tripulación en poder de los ingleses». «La noche del 10 al 11 se decidió hundir al Dragón y al Conquistador entre Santa Cruz y el Manzanillo». Lezo sacrificó toda su escuadra para negar el paso a la flota británica.

    El castillo de San Felipe y el asalto final

    El principal bastión de la defensa era el castillo de San Lázaro (también llamado San Felipe de Baraja), que dominaba el istmo que conectaba la ciudad con tierra firme. La RHN describe que «el castillo de San Felipe, que el almirante Vernon trató infructuosamente de conquistar en dos ocasiones» fue el punto donde se decidió la batalla.

    El asalto inglés a San Lázaro se produjo la noche del 19 al 20 de abril. La RHN relata: «El ataque de mayor importancia fue el de la noche del 19 al 20 contra el castillo de San Lázaro. Las fuentes difieren respecto a las cifras de bajas, pero todas suben de 600 entre muertos, heridos y prisioneros de ambos bandos. Existen varias historias relacionadas con escaleras, sobre las que unos dicen que eran muy cortas y otros que los americanos que las transportaban las tiraron por el camino».

    El desastre británico fue completo. Las pérdidas inglesas por enfermedad pudieron acercarse a los 10.000 hombres, mientras que las bajas españolas rondaron los 500. La RHN recoge: «En consejo de guerra de 25 de abril, los ingleses ya han decidido reembarcar». «Del 1 al 20 de mayo las embarcaciones inglesas estuvieron saliendo por Bocachica rumbo a Jamaica».

    Uno de los episodios más controvertidos del asedio, según la RHN, fue la defensa del fuerte Manzanillo: «El 24 de abril supuestamente se produce la hazaña defensiva del fuerte Manzanillo… La hipótesis más probable es que la acción sí que se verificó, por esos hombres y ese mismo día, pero en otro lugar, en San Felipe del Boquerón, el cual sí que pudo tener influencia para los ataques en curso. La cacofonía Manzanillo-Pastelillo pudo favorecer la confusión».

    La dimensión global del conflicto

    Aunque Cartagena fue el teatro principal, la guerra se extendió por todo el imperio. En Florida, el gobernador Manuel de Montiano repelió el ataque británico a San Agustín en 1740. En el Pacífico, el comodoro George Anson capturó el galeón de Manila Nuestra Señora de Covadonga en 1743. La RHN menciona la acción de Anson en la costa del Pacífico durante la Guerra del Asiento, donde los buques del almirante inglés atacaron las posesiones españolas.

    En Europa, la guerra se integró en la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748). España intentó recuperar posiciones en Italia, mientras que las operaciones navales en el Mediterráneo incluyeron la batalla de Tolón (1744), donde una escuadra hispano-francesa hizo frente a la Royal Navy. La RHN señala que «la Guerra de la Oreja entró en fase de estancamiento» a partir de 1742, prolongándose hasta el Tratado de Aquisgrán de 1748.

    El legado: la renovación de la Armada

    La Guerra del Asiento terminó con el Tratado de Aquisgrán (1748), que restableció el statu quo ante bellum. España revalidó con Inglaterra las condiciones del asiento de negros y el navío de permiso, pero la lección más importante fue interna. La guerra había evidenciado la inferioridad técnica de la Armada española. La RHN lo confirma: «la superioridad naval británica, que fue indiscutible en la Guerra del Asiento –por más que no fuera suficiente para que Vernon conquistara Cartagena de Indias–, parece haber estado fundada en el número de sus navíos, más que en su diseño, armamento o dotación».

    El marqués de la Ensenada, ministro de Marina, comprendió que sin una transformación profunda el imperio americano sería indefendible. Su respuesta fue la misión de Jorge Juan en Inglaterra (1749), una operación de inteligencia técnica para aprender los secretos de la construcción naval británica. De esta misión nació el sistema Jorge Juan, cuyos navíos como el Oriente (1753), el Firme y el Príncipe devolvieron a España la capacidad de competir en el Atlántico.

    La RHN concluye que «los éxitos de Lezo, Navarro y Córdova» demostraron la valía de la Armada española, pero la guerra también reveló carencias estructurales que Ensenada abordó con la modernización de los arsenales de Ferrol, Cartagena y La Carraca, la profesionalización de los oficiales y la renovación de los métodos constructivos.

    Conclusión: la guerra que España convirtió en oportunidad

    La Guerra del Asiento ocupa un lugar singular en la historia naval. Fue un conflicto que España no ganó en los tratados de paz —Aquisgrán devolvió las cosas a su estado anterior— pero cuyas lecciones supo aprovechar mejor que su adversario. La derrota británica en Cartagena de Indias, el mayor desastre naval de la Royal Navy en el siglo XVIII, fue el síntoma de una guerra mal concebida; la renovación de la Armada española, en cambio, fue la consecuencia estratégica de un conflicto que obligó a España a mirar hacia el futuro.

    Para profundizar en los términos navales de esta época, consulta el Glosario de Historia Naval de Vientos de Poniente. Y para conocer los detalles de la misión que transformó la construcción naval española, lee el artículo dedicado a Jorge Juan y su misión reservada en Inglaterra.

    Referencias

    • Guerra del Asiento — Wikipedia
    • Blas de Lezo — Wikipedia
    • Revista de Historia Naval (RHN), núm. 120 (2013): «El sitio de Cartagena de Indias (1741)», por Gonzalo Lorén García
    • RHN, núm. 125: artículos sobre Blas de Lezo y la Guerra del Asiento
    • RHN, núm. 145: «Barcos auxiliares de la Real Armada en la Guerra del Asiento»
    • RHN, núm. 151: biografía de Luis de Córdova, participante en Cartagena de Indias
    • Cuaderno Monográfico IHCN núm. 44: «La guerra de la Oreja de Jenkins (1739-1748)»
    • Carta del general D. Blas de Lezo remitiendo al marqués de Villanas el Diario del sitio de Cartagena de Indias, año de 1741 (Apéndice RHN núm. 120)
  • Jorge Juan y la misión secreta en Inglaterra (1749-1750)

    Jorge Juan y la misión secreta en Inglaterra (1749-1750)

    En junio de 1749, Jorge Juan y Santacilia (1713-1773), acompañado de Antonio de Ulloa, emprendió una misión científica, diplomática y comercial a Inglaterra que marcaría el futuro de la construcción naval española. Según la Revista de Historia Naval (RHN), las instrucciones reservadas que recibió para su viaje a Europa combinaban objetivos científicos —la continuación de sus estudios astronómicos y geodésicos— con un encargado tácito de espionaje industrial: penetrar en los astilleros británicos y trasladar a España los secretos de la construcción naval inglesa.

    Vista de Plymouth Dock en el siglo XVIII
    Vista de Plymouth Dock (hoy Devonport), el principal astillero de la Royal Navy que Jorge Juan visitó durante su misión. Fuente: Plymouth City Council / ArtUK.

    El contexto: la urgencia de una renovación naval

    La Guerra del Asiento (1739-1748) había puesto de manifiesto la vulnerabilidad de la Armada española frente a la Royal Navy. La flota de guerra, construida según el sistema Gaztañeta de principios de siglo, resultaba lenta, pesada y con una maniobrabilidad deficiente en comparación con los navíos británicos. El marqués de la Ensenada, como impulsor de las reformas navales, comprendió que «la Marina era demasiado importante para rendirse» (RHN, núm. 18, 1987). No se trataba solo de mejorar los barcos, sino de salvar la proyección atlántica de la monarquía.

    En ese contexto, Ensenada puso en marcha varias iniciativas simultáneas. En 1749, el asentista Juan Isla propuso un plan de construcción naval en Guarnizo (Cantabria), y ese mismo año llegó a Cartagena el maestro de jarcia holandés Juan de Graaf para mejorar las jarcías y cabullería de la Armada (RHN, ibid.). Pero la pieza clave del plan de Ensenada era Jorge Juan, a quien encomendó la misión de viajar a Inglaterra y aprender directamente los métodos de los astilleros británicos.

    La misión en Inglaterra: 1749-1750

    Jorge Juan desarrolló su comisión en Inglaterra entre 1749 y 1750, precisamente cuando la Ordenanza de Construcción Naval inglesa vigente era la de 1745, que había introducido nuevas proporciones y sistemas de trazado para los navíos de la Royal Navy (RHN, núm. 18, 1987). Esta coincidencia cronológica fue crucial: los astilleros británicos estaban en plena transición hacia buques más esbeltos y mejor artillados, y Juan pudo observar en directo esa transformación.

    El Ms. 420 del Archivo del Museo Naval de Madrid (AMN), fechado en 1752, recoge las dimensiones exactas de los navíos ingleses de la Ordenanza de 1745 y las compara con las del navío español Princesa (RHN, ibid.). Este manuscrito, que Juan redactó a su regreso, constituye la prueba documental más completa de su trabajo de inteligencia técnica. Las tablas comparativas reflejan diferencias notables en la relación eslora-manga, en la curvatura de las cuadernas y en la disposición de la arboladura, diferencias que Juan supo interpretar y aplicar después en los arsenales españoles.

    Grabado del astillero de Plymouth en el siglo XVIII
    Grabado del astillero de Plymouth (Devonport) en el siglo XVIII, donde Jorge Juan observó los métodos de construcción naval ingleses.

    Jorge Juan estableció su base en Londres, pero sus desplazamientos lo llevaron a los principales centros de construcción naval del país. Su primer destino fue Plymouth Dock (hoy Devonport), el mayor complejo naval de la Royal Navy en el suroeste de Inglaterra. Allí pasó semanas observando los diques secos, las grúas de mampostería y los almacenes de madera. Los astilleros del Támesis —Deptford, Blackwall y Rotherhithe— constituyeron su segunda área de estudio. A diferencia de los arsenales oficiales de la Corona, estos astilleros privados ofrecían un acceso más fácil a los procesos de construcción. Fue allí donde Jorge Juan descubrió el sistema de forro diagonal o tracería, una técnica que reforzaba el casco sin aumentar el peso y que se convertiría en una de las innovaciones más importantes del sistema que implantaría en España.

    Aunque nunca logró acceso oficial al Arsenal Real de Portsmouth, obtuvo información valiosa a través de contactos y observaciones desde mercantes fondeados en el puerto. Portsmouth representaba la cúspide tecnológica británica, con sus tinglados cubiertos, sus grúas de vapor incipientes y su enorme dique seco de mampostería. Los datos recogidos sobre sus instalaciones fueron decisivos para que Ensenada comprendiera la escala industrial que necesitaba la Armada española.

    El espionaje de planimetría diferida

    La correspondencia entre Jorge Juan y el marqués de la Ensenada, conservada en el Archivo General de Simancas, revela un sistema de espionaje de extraordinaria sofisticación. Juan desarrolló un método que los historiadores militares han denominado «espionaje de planimetría diferida»: dibujaba las líneas maestras de los navíos en papel de hilo de alta calidad, pero no remitía los planos completos en un solo envío, sino que los fraccionaba en partes.

    El trazado de las cuadernas viajaba en un correo, la disposición de la arboladura en otro, y el sistema de forro en un tercero. Solo Ensenada, como destinatario final, podía recomponer el diseño completo. Las dimensiones críticas —eslora, manga, puntal, calado— se codificaban mediante una clave numérica que solo ambos conocían. Para mayor seguridad, los planos se doblaban e insertaban dentro de libros de contabilidad y registros mercantiles; las anotaciones técnicas se mezclaban con cifras de compraventa de lana y tejidos, de modo que un eventual registro de su correspondencia no despertase sospechas. Según documenta el Cuaderno Monográfico del Instituto de Historia y Cultura Naval nº 44, Jorge Juan llegó a enviar a España más de 200 planos detallados de navíos ingleses. Durante los tres años que duró su misión, las autoridades británicas nunca interceptaron ni descifraron sus comunicaciones.

    La alianza con el marqués de la Ensenada

    La figura de Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, fue inseparable de la operación. Ensenada no solo concibió la misión, sino que la protegió políticamente y la dotó de los recursos financieros necesarios. La RHN (núm. 18, 1987) subraya que Ensenada impulsó las reformas navales con la convicción de que la Marina era demasiado importante para rendirse, y que Jorge Juan fue el instrumento técnico de esa determinación política.

    La correspondencia entre ambos revela una relación de confianza absoluta. Mientras Ensenada trazaba la estrategia geopolítica, buscaba los fondos secretos y proporcionaba la cobertura diplomática —la contratación de artífices textiles—, Jorge Juan ejecutaba la investigación sobre el terreno y proponía soluciones concretas. A su regreso a España en 1752, Ensenada nombró a Jorge Juan director del Arsenal de La Carraca, el mayor complejo naval de la España peninsular, dándole carta blanca para implementar todo lo aprendido.

    La alianza Ensenada-Jorge Juan representa el ejemplo más logrado de colaboración entre un ministro ilustrado y un científico-técnico en la España del Antiguo Régimen. Sin el respaldo de Ensenada, la misión habría sido imposible; sin la inteligencia técnica de Jorge Juan, los planes reformistas de Ensenada habrían carecido de base práctica.

    El fruto: el sistema Jorge Juan y la renovación naval

    A su regreso, Jorge Juan fue nombrado director del Arsenal de La Carraca (Cádiz). Su primera gran obra fue el navío Oriente, botado en 1753, construido según el nuevo sistema híbrido que combinaba las proporciones inglesas más finas y alargadas con el forro diagonal o tracería aprendido en los astilleros del Támesis. Le siguieron el Firme, el Glorioso y el Príncipe, todos considerados entre los mejores de la Armada de su época.

    En 1751, al mismo tiempo que culminaba su misión en Inglaterra, se intentó implantar en España un nuevo plan de estudios que potenciara la enseñanza de la construcción naval (RHN, núm. 18, 1987). Jorge Juan, como capitán de la Compañía de Guardiamarinas, sería el encargado de ponerlo en práctica. Este plan representaba una apuesta decidida por la formación científica de los oficiales de la Armada, combinando matemáticas, hidrodinámica y arquitectura naval con la tradición práctica de los arsenales.

    Entre 1753 y 1765, los astilleros españoles —La Carraca, Cartagena, Ferrol y La Habana— botaron más de treinta navíos siguiendo las nuevas proporciones y técnicas importadas de Inglaterra. Este periodo, conocido como la «década de los treinta navíos», supuso la renovación más rápida y profunda de la flota española desde el siglo XVI. Los nuevos buques eran entre un 10 y un 15 % más rápidos que sus predecesores del sistema Gaztañeta, consumían menos lastre y ofrecían una mejor distribución del armamento. El forro diagonal proporcionaba una rigidez estructural que permitía reducir el grosor de los maderos sin sacrificar resistencia, aligerando el casco y aumentando la capacidad de carga de víveres y municiones. Para una visión completa de la terminología técnica de la época, consulte el glosario de historia naval.

    El legado científico y naval

    Más allá del espionaje industrial, Jorge Juan fue un científico de talla europea. Había participado en la expedición geodésica al Virreinato del Perú (1735-1744) junto con Antonio de Ulloa, y fundó la Academia de Guardiamarinas de Cádiz. Su obra Examen Marítimo (1771) es considerada el primer tratado de arquitectura naval escrito desde principios newtonianos, y marcó el inicio de la construcción naval científica en España.

    Aunque la muerte de Jorge Juan en 1773 y la caída en desgracia de Ensenada interrumpieron parcialmente la continuidad de su sistema, sus principios se mantuvieron vigentes en los arsenales españoles durante las últimas décadas del siglo XVIII y sentaron las bases para la modernización de la Armada en la era de Carlos III. Buques como el Santísima Trinidad (1769), el mayor navío de su tiempo, bebieron directamente de las lecciones aprendidas por Jorge Juan en los astilleros ingleses entre 1749 y 1750.

    Fuentes

  • De la fragmentación al coloso de tres puentes: génesis, esplendor y ocaso de la Real Armada española del siglo XVIII

    Cómo los Borbones, la ciencia y los astilleros de Cuba y Cantabria forjaron una marina que desafió a los océanos

    A principios del siglo XVIII, España no tenía una armada. Tenía varias. Las fuerzas navales andaban repartidas en escuadras del Mar Océano, la Carrera de Indias, Nápoles, Sicilia y las Guardas de Cartagena, cada una con su caja, su mando y su idea de cómo hacer las cosas. Esta herencia de los Austrias, ya mala de por sí, se llevó por delante durante la Guerra de Sucesión (1701-1714), que partió el país en dos.

    Mientras los reinos se desangraban, el galeón del siglo XVII —aquel cascarón alto, panzudo y lento, pensado para llevar plata, no para pelear— empezaba a jubilarse. En su lugar llegaba una bestia distinta: el **navío de línea**, criado para la batalla en formación, con sus baterías apiñadas en dos o tres puentes y el casco ajustado para escupir la mayor andanada posible. De las cenizas del desastre, los Borbones encendieron lo que acabaría siendo la tercera marina del mundo.

    De Passaro al despertar: 1718, el año que España entendió que iba mal

    Felipe V llegó al trono en 1700 con ideas nuevas, de esas que juntan el poder y lo ordenan. Pero la máquina naval no respondía. Enseguida llegó el correctivo. La batalla de **cabo Passaro, 11 de agosto de 1718**, fue el aldabonazo. La escuadra española, al mando de Antonio Gaztañeta —sí, el mismo que luego se convertiría en el primer gran arquitecto naval del país—, intentó cubrir la costa siciliana contra la Royal Navy. Resultado: 16 navíos perdidos frente a 22 británicos. Lentos, mal armados y con tripulaciones bisoñas.

    Passaro dejó claro que las Armadas de patchwork no podían medirse con una marina de verdad. En 1714 se había creado la Secretaría de Marina sobre el papel, pero los efectos tardarían otra década en notarse. Hasta que en 1720 llegó José Patiño al frente de la administración naval y empezó la cosa en serio.

    **Hitos que marcaron el rumbo:**

    – **1700** — Fragmentación naval heredada de los Austrias
    – **1714** — Creación de la Secretaría de Marina. Unificación de escuadras
    – **1718** — Derrota de cabo Passaro. Doce mil hombres perdidos
    – **1720** — Gaztañeta publica su sistema de medidas. Primera norma técnica unificada para construir barcos
    – **1732** — Botadura del *Real Felipe* (114 cañones), el primer tres puentes español
    – **1748-1754** — Plan de Ensenada: 60 navíos de línea ordenados en seis años
    – **1752** — Jorge Juan implanta el sistema «a la inglesa». Barcos más rápidos, más finos
    – **1769** — Botadura del *Santísima Trinidad* en La Habana
    – **1784** — Romero Landa estandariza las series. Llega la influencia francesa
    – **1805** — Trafalgar: la Armada pierde 11 navíos en una mañana

    ## La refundación borbónica: Patiño y Ensenada, los dos hombres que pusieron la quilla

    **1714** es el año cero. Se crea la Secretaría de Marina y todas las escuadras pasan a depender de un solo mando. Nace la **Real Armada**. Se acabaron las Armadas del Mar Océano, la de Nápoles y las Guardas de Cartagena. A partir de ese momento, cada navío y cada fragata responde a la misma institución.

    **José Patiño**, ministro de Marina, fue el primer organizador de verdad. Centralizó las compras de madera, fijó astilleros permanentes en La Habana, Ferrol, Cartagena y La Carraca, y redactó las primeras ordenanzas de construcción naval. Le tomó el relevo el **marqués de la Ensenada**, cuyo Plan de 1748-1754 ordenó 60 navíos de línea. Sesenta. Una cifra que puso a España a la altura de Francia e Inglaterra en capacidad de construir.

    El reglamento de 1748 lo tasaba todo: eslora, manga, puntal. Las medidas se daban en **codos de ribera** y **pies de Burgos**, y cada navío debía cumplirlas al pie de la letra.

    ## Tres sistemas, tres maneras de entender el mar

    ### Gaztañeta (1720-1752): cuando un barco era un muro que flotaba

    En 1720, Antonio Gaztañeta publicó *»Proporciones de las medidas más esenciales para la fábrica de navíos y fragatas»*. Era la primera vez que España construía barcos de guerra con un método científico, no a ojo de carpintero. Los navíos de Gaztañeta tenían tres señas:

    – **Eslora corta y manga ancha**: para un navío de 70 cañones, quilla de 70 codos (unos 38 m), manga de 16 codos (8,7 m). La relación eslora-quilla era de 3,3:1.
    – **Tres puentes en los grandes**: como el *Real Felipe* (1732), 114 cañones, botado en Guarnizo, Cantabria.
    – **Una resistencia a prueba de bombas**: aguantaban castigo de sobra. El problema es que navegaban como vacas: 6-7 nudos y un gobierno que se las traía.

    El *Real Felipe* fue el primer tres puentes español, forjado en roble cántabro y pino, con cañones de a 24, 18 y 12 libras. Lo desguazaron en 1750, demasiado pronto. La historiografía reciente —Sánchez Carrión entre otros— sostiene que los defectos que se le achacan al sistema Gaztañeta tenían más que ver con el mantenimiento y las carenas que con el diseño original. Bestias difíciles de domar, sí, pero en la línea de batalla… temibles.

    ### Jorge Juan (1752-1784): el espía que hizo los barcos más rápidos

    Entre 1749 y 1750, **Jorge Juan** viajó a Inglaterra con una tapadera. Disfrazado de particular, recorrió los astilleros de Deptford, Portsmouth y Woolwich, y tomó notas de todo: técnicas, medidas, proporciones. Una operación de espionaje naval en toda regla. Todavía se discute si copió los métodos ingleses al pie de la letra o los adaptó a la madera disponible en España. La respuesta es que hizo ambas cosas: creó un sistema híbrido que mejoraba al original.

    Los cambios:

    – **Eslora más larga**: relación eslora-quilla de 3,6:1. Para un navío de 70 cañones, 164 pies de Burgos (46,3 m) de eslora y 42 pies (11,8 m) de manga.
    – **Codaste más lanzado, menos francobordo**: las baterías quedaban más cerca del agua. Mejoraba la estabilidad y la velocidad.
    – **Resultados**: barcos hasta 4 nudos más rápidos. Mejor maniobra. Mayor capacidad de ceñida.

    El buque insignia de este sistema fue el **San Juan Nepomuceno** (1766, 74 cañones, botado en Guarnizo). En Trafalgar, al mando de Cosme Damián Churruca, resistió horas de combate antes de caer capturado. El Plan de Ensenada, que ordenó 60 navíos con estas proporciones, convirtió a la Real Armada en la tercera del mundo bajo Carlos III.

    ### Romero Landa (1784-1805): el toque francés

    **José Romero Fernández de Landa** se formó en Francia y aplicó lo aprendido a partir de 1784. Sus series estandarizadas trajeron:

    – **Arrufo moderado**: menos curvatura en cubierta, más espacio para la artillería en las baterías altas.
    – **Baterías corridas**: sin interrupciones, para maximizar la andanada.
    – **Mayor autonomía**: barcos pensados para largas travesías oceánicas.

    Romero Landa diseñó navíos de 74 cañones (tipo **San Ildefonso**, 1785) y de 112 cañones (tipo **Santa Ana** y **Príncipe de Asturias**). Fue el cenit de la construcción naval española. En 1805, la serie Retamosa puso el broche, justo antes de que todo se viniera abajo.

    **Tabla comparativa de sistemas de construcción:**

    | Sistema | Vigencia | Arquitecto | Lo que lo define | Buque insignia |
    |———|———-|————|—————–|—————-|
    | **Gaztañeta** | 1720-1752 | A. Gaztañeta | Casco corto y ancho, tres puentes, aguanta castigo pero va lento | *Real Felipe* (1732) |
    | **Jorge Juan** (inglés) | 1752-1784 | Jorge Juan | Eslora alargada, codaste lanzado, 4 nudos más rápido, maniobra fina | *San Juan Nepomuceno* (1766) |
    | **Romero Landa** | 1784-1805 | J. Romero Landa | Influencia francesa, arrufo reducido, baterías corridas, series estandarizadas | *San Ildefonso* (1785) |

    ## Titanes de madera

    Un navío de línea albergaba a más de 700 hombres. Era una ciudad flotante de madera, hierro y lona. Entre todos los que se botaron en el siglo XVIII, cinco merecen mención aparte:

    | Nombre | Año | Cañones | Astillero | Destino |
    |——–|—–|———|———–|———|
    | *Real Felipe* | 1732 | 114 | Guarnizo | Desguazado en 1750 |
    | *Santísima Trinidad* | 1769 | 136 | La Habana | Hundido en Trafalgar (1805) |
    | *San Juan Nepomuceno* | 1766 | 74 | Guarnizo | Capturado en Trafalgar |
    | *Príncipe de Asturias* | 1794 | 112 | La Habana | Desguazado en 1814 |
    | *Santa Ana* | 1784 | 112 | Ferrol | Hundido en 1816 |

    El **Santísima Trinidad** es el que más tinta ha hecho correr. Botado en La Habana en 1769 como tres puentes de cedro cubano, en 1778 le añadieron un cuarto puente y 136 cañones. Se convirtió en el navío de línea más grande de su tiempo: 59,5 metros de eslora, 16,7 de manga, más de 1.000 hombres a bordo. Su artillería mezclaba calibres de 36, 24, 18, 12 y 8 libras. En Trafalgar ya era un mastodonte lento, y la pagó: desarbolado, cañoneado por media docena de barcos británicos, se fue al fondo despacio.

    El **Santa Ana**, de 112 cañones, fue quizá el mejor diseño de Romero Landa. Rápido, bien armado, con autonomía para semanas en el mar. Fue el buque insignia de la escuadra combinada en Trafalgar. Su casco de roble cántabro resistió tan bien los impactos que los ingleses lo capturaron y lo pusieron a navegar bajo su bandera durante un tiempo.

    ## Trafalgar: la mañana que cambió todo

    El 21 de octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, la Real Armada perdió 11 navíos de línea en una sola jornada. La derrota no fue solo táctica. Fue el final de un ciclo. Los barcos españoles, en muchos casos bien construidos, llevaban meses amarrados en puerto por falta de víveres y mantenimiento, mientras la Royal Navy patrullaba el Atlántico con tripulaciones curtidas. Esa diferencia se notó en la línea de batalla.

    El legado técnico, sin embargo, no se perdió. Los planos de Jorge Juan y Romero Landa fueron copiados por otras marinas. La madera de cedro de Cuba siguió siendo apreciada durante décadas. Los astilleros continuaron construyendo navíos hasta bien entrado el siglo XIX, aunque ya con los medios justos y un imperio que se encogía.

    ## Lo que queda de aquellos barcos

    La evolución de los navíos de línea españoles en el siglo XVIII es la historia de un país que aprendió de sus derrotas. Desde la fragmentación de 1700 hasta la unificación borbónica, desde el robusto Gaztañeta hasta el veloz Jorge Juan y el elegante Romero Landa, cada generación de ingenieros buscó un equilibrio entre pegar duro, aguantar el castigo y llegar a tiempo.

    Hoy, los restos del *Santísima Trinidad* yacen en el fondo del mar. Los planos del *San Juan Nepomuceno* se conservan en los archivos de Ferrol. No eran solo máquinas de guerra: eran la respuesta de un imperio que se negaba a renunciar al océano.

    ## Glosario de este artículo

    – **Navío de línea**: Buque de guerra con dos o tres puentes de baterías, diseñado para combatir en formación de línea de batalla. Eslora típica entre 45 y 60 m, armamento de 50 a 136 cañones.
    – **Codo de ribera**: Unidad de longitud usada en construcción naval española del siglo XVIII, equivalente a unos 0,574 m (32 dedos o 2 pies de Burgos).
    – **Arrufo**: Curvatura longitudinal de la cubierta de proa a popa. Un arrufo pronunciado mejoraba el comportamiento en alta mar pero reducía el espacio útil para la artillería.
    – **Francobordo**: Distancia vertical entre la línea de flotación y la cubierta superior.
    – **Andanada**: Descarga simultánea de todos los cañones de un costado del buque.
    – **Carena**: Parte del casco que queda sumergida. Su diseño y mantenimiento eran críticos para la velocidad y durabilidad del navío.