Castilla no miraba al mar: orígenes de la marina castellana (siglo XIII)

Alfonso X el Sabio - Museo del Prado

Castilla no miraba al mar: orígenes de la marina castellana (siglo XIII)

_Este artículo forma parte de la serie «Castilla y el mar: 250 años que cambiaron el mundo»_

El reino continental que se topó con el mar

A principios del siglo XIII, el reino de Castilla era una máquina de guerra territorial imparable. En 1212, Alfonso VIII había destrozado a los almohades en Las Navas de Tolosa. Fernando III arrastraba la Reconquista hacia el sur a un ritmo que parecía imparable: Córdoba (1236), Jaén (1246), Sevilla (1248). Pero había un problema estructural: Castilla no miraba al mar. Sus intereses eran terrestres: la llanura castellana, los valles del Tajo y del Guadiana, la frontera con el Islam. Mientras la Corona de Aragón acumulaba experiencia naval en el Mediterráneo y las repúblicas italianas (Génova, Venecia, Pisa) dominaban las rutas comerciales, Castilla llegaba tarde y sin preparación al mar.

No es que faltaran tradiciones marineras en la cornisa cantábrica. Vizcaya, Guipúzcoa, Santander, Asturias y Galicia tenían una larga experiencia pesquera y mercante, pero esas flotas no formaban parte de una armada real organizada. Como señala el historiador Eduardo Aznar Vallejo, durante los siglos XIII y XIV la Corona creó «poderosos medios para la guerra naval» que incluían atarazanas, especialistas y la figura del Almirante. Sin embargo, debido a su estructura feudal, la Corona de Castilla —como casi todas las entidades políticas de su tiempo— carecía de fuerzas armadas permanentes, y todo estaba aún por construir desde la iniciativa regia.

El cerco de Sevilla (1247-1248): la lección de la necesidad

Cuando Fernando III puso sitio a Sevilla, se encontró con un problema milenario: la ciudad era inexpugnable por tierra mientras recibiera suministros por el río Guadalquivir y desde el norte de África. Para aislarla hacía falta una flota, y Castilla no la tenía.

La solución fue recurrir a los puertos cantábricos. En el verano de 1247, Ramón Bonifaz —un burgalés que algunos autores han supuesto de origen mediterráneo francés— trajo desde la costa norte una agrupación de 13 naves y galeras. Con ellas derrotó a más de 30 barcos musulmanes y, en un episodio decisivo, rompió el puente de barcas que unía Triana con Sevilla, cortando el suministro de la ciudad. Sin embargo, y pese a lo que afirmaron cronistas antiguos, Bonifaz no fue el primer almirante de Castilla. Como documenta Miguel Ángel Ladero Quesada, miembro de la Real Academia de la Historia, el título de almirante llegaría años después, en el reinado de Alfonso X.

Los barcos que participaron en el cerco —naos del Cantábrico, pinazas y galeras— no eran propiedad del rey. Eran naves de particulares, de las villas marineras de la cornisa cantábrica, que ya tenían tradición marinera pero que actuaban como flota eventual, contratada para una campaña concreta. Esta fórmula —recurrir a navíos privados mediante contratos de flete y soldadas— se convertiría en seña de identidad de la organización naval castellana durante siglos, un sistema que perduraría hasta bien entrado el siglo XV.

El «barrio de la mar» y el fuero de Sevilla (1251)

Consciente de que la toma de Sevilla abría una ventana al mar, Fernando III dispuso la organización de la ciudad a fuero de Toledo el 15 de junio de 1251, pero con una innovación clave: la creación de un «barrio de la mar». Los vecinos de este barrio tendrían alcalde propio, nombrado por el rey, que juzgaría con ayuda de seis hombres buenos «sabidores del fuero de la mar». Las ordenanzas exigían que hubiese al menos 20 carpinteros, 3 herreros y 3 barberos-cirujanos entre los vecinos, y todos ellos estarían obligados a servir en actividades marítimas a su costa durante tres meses al año si eran movilizados. Era el embrión de una política naval, pero aún sin la estructura de un almirantazgo.

Alfonso X el Sabio y la creación del almirantazgo (1252-1254)

El verdadero arquitecto de la marina castellana fue Alfonso X el Sabio. En 1252, nada más subir al trono, reconstruyó las atarazanas almohades de Sevilla, convirtiéndolas en el primer arsenal real de Castilla. Las atarazanas hispalenses fueron el centro neurálgico de la construcción naval castellana durante toda la Baja Edad Media: según los padrones del siglo XV llegaron a tener 486 trabajadores francos adscritos (en 1422), y su capacidad máxima era de 20 galeras y 2 leños simultáneamente. Allí trabajaban carpinteros de ribera, calafates, tejedores de velas, herreros y todo un ecosistema de oficios vinculados a la industria naval.

Alfonso X desarrolló una política naval ambiciosa desde los primeros años de su reinado. En junio de 1253 suscribió un acuerdo con el maestre de la Orden de Santiago, Pelayo Pérez Correa, para que este mantuviese aparejada una galera con 200 hombres y prestase servicio de tres meses anuales. A cambio, el maestre recibiría 1.600 aranzadas de olivar en el Aljarafe y 250 maravedís de oro el primer año, además de la mitad del botín obtenido en empresas navales.

Poco después, entre agosto de 1253 y 1254, el rey firmó un contrato con diez cómitres —capitanes de galera—, en su mayoría franceses, catalanes, genoveses y cántabros. Cada uno se comprometía a sostener a su costa una galera, rehecha o sustituida cada nueve años, y mantenerla a punto para la navegación y el combate. A cambio, el rey otorgaba a cada cómitre un heredamiento cuyas rentas permitirían cubrir los gastos, sostener cinco hombres armados en la galera y repararla o reponerla en un plazo de siete años si se perdía. El botín se repartiría por mitad entre el rey y los cómitres. Fue en diciembre de 1254 cuando Ruy López de Mendoza, uno de los «tres árbitros del Repartimiento» de Sevilla, comenzó a ser titulado Almirante. Nacía así el almirantazgo de Castilla.

Las Siete Partidas: la guerra por mar adquiere rango legal

La gran contribución jurídica de Alfonso X fue la regulación de la guerra naval en las Siete Partidas, concretamente en la Partida II, título XXIV («De la guerra de la mar»). Allí se definió por primera vez la figura del almirante, sus competencias y la organización de la flota. El almirante era descrito como «adelantado en los maravillosos fechos» de la guerra por mar, con atribuciones que duraban «desque moviere la flota fasta que torne al lugar donde movió». Debía ser de buen linaje, cuidador de su honra, desprendido y leal al servicio del monarca, competente y valeroso. Al terminar la campaña, el almirante debía justificar ante «orne del rey» todas las armas y aparejos que llevó en la flota, y las que se hubiesen perdido en la acción.

El texto alfonsí es extraordinariamente consciente de la especificidad del combate naval. Las Partidas afirman que «la guerra por mar es como cosa desamparada, e de mayor peligro que la de tierra», un reconocimiento explícito de los riesgos especiales que entrañaba navegar y combatir en el mar. La obra distingue dos formas de hacer la guerra en el mar: la flota —gran concentración de barcos, comparable a una «hueste grande» terrestre, con grandes preparativos— y la armada —un número menor de galeras y barcos armados en corso, a modo de «cabalgada». Las Partidas también enumeraban las cuatro condiciones necesarias para la guerra naval: tener conocimientos de la mar y los vientos, poseer navíos bien pertrechados de hombres y armas, disponer de un buen caudillo, y contar con osadía y ardimiento.

Junto a la creación del almirantazgo, Alfonso X intentó establecer una fuerza naval permanente mediante acuerdos con la nobleza y con profesionales del mar. En 1260 lanzó la llamada «cruzada dallent mar», una expedición contra la ciudad norteafricana de Salé, dirigida por Juan García de Villamayor, mayordomo del rey, con el título de «adelantado mayor de la mar» y jurisdicción sobre todos los puertos de Castilla, León, Galicia y el Algarbe. Sin embargo, la operación fue un éxito aislado, y la actividad de la flota real con base en Sevilla fue escasa durante los veinte años siguientes.

El desastre de Algeciras (1279): el precio de la inexperiencia

Cuando Alfonso X decidió retomar la iniciativa naval en la lucha por el control del Estrecho de Gibraltar, el resultado fue catastrófico. La llamada «batalla del Estrecho» enfrentaba a castellanos y meriníes norteafricanos por el dominio del paso estratégico entre el Mediterráneo y el Atlántico. Durante el cerco de Algeciras, la flota castellana sufrió una derrota humillante el 25 de julio de 1279. El almirante Pedro Martínez de Fe —que ya había intervenido en el asalto a Salé— vio cómo los musulmanes deshicieron su flota de 80 navíos de vela y 24 galeras, además de barcos auxiliares. Martínez de Fe fue hecho prisionero y conducido a Tánger, donde permaneció dos años.

El desastre de Algeciras fue un punto de inflexión. Alfonso X, sumido además en una grave crisis política en los últimos años de su vida, abandonó prácticamente sus proyectos de política naval. La lección estaba clara: sin una organización permanente, sin marinos experimentados y sin una infraestructura logística sólida, la guerra en el mar era un empeño ruinoso.

Sancho IV y los almirantes mercenarios

A la muerte de Alfonso X, el peligro meriní se hizo más acuciante. Sancho IV, ante la amenaza inminente de invasión desde el norte de África, recurrió a una solución pragmática: contratar almirantes extranjeros. En 1284 negoció los servicios de Micer Benedetto Zaccaría, un experimentado marino genovés que había actuado en Constantinopla —controlando el alumbre de la isla de Focea—, en Italia —derrotando a los pisanos en la batalla de Meloria en agosto de 1284— y al servicio del emperador bizantino Miguel Paleólogo.

El contrato fue excepcional incluso para los estándares de la época: estipulaba 12 galeras armadas y equipadas por 6.000 doblas anuales cada una, más el señorío de El Puerto de Santa María. Zaccaría se comprometía a mantener siempre una galera defendiendo la boca del Guadalquivir. Paralelamente, Sancho IV reclamó barcos desde los puertos del Cantábrico: según su Crónica, vinieron más de cien, armados a costa de los concejos —Castro Urdiales envió dos naves, La Coruña y Pontevedra una galera cada una—, bajo el mando de Fernán Pérez Maimón.

Zaccaría regresó a Génova en 1285 tras una tregua con los meriníes, pero volvió en 1291 con 7 galeras genovesas, a las que se unieron otras 5 construidas en Sevilla. El 6 de agosto de 1291 obtuvo una gran victoria sobre los meriníes, y su intervención fue decisiva en la conquista de Tarifa en octubre de 1292, donde además contó con 10 naves catalano-aragonesas al mando del vicealmirante Berenguer de Montoliú. Por entonces, Zaccaría cobraba un sueldo de 180.000 maravedís en seis meses por mantener tres galeras (unos 10.000 maravedís al mes por galera, equivalentes a unas 500 doblas). Pero en 1294, durante el asedio meriní de Tarifa, Zaccaría rompió sus relaciones con Sancho IV, regresó a Génova y acabó siendo almirante de Felipe IV de Francia entre 1297 y 1300. Murió en 1314.

Durante el sitio de Tarifa de 1294, ante el fallo de las galeras de Zaccaría, intervinieron Juan Mathe de Luna —regidor sevillano— y Fernán Pérez Maimón, que ostentaron el almirantazgo entre 1295 y 1299, contratando 15 galeras del almirante catalán Guillen Escrivá y armando otras cuatro en Sevilla. La flota así formada consiguió que los musulmanes levantaran el cerco de Tarifa.

El almirantazgo como institución en formación

A lo largo del siglo XIII, la figura del almirante pasó de ser un título ocasional a convertirse en una institución reconocida, aunque distaba mucho de contar con una flota permanente. La nómina de almirantes del siglo XIII es elocuente: Fernán Gutiérrez (1272), Pedro Lasso de la Vega (1278), Pedro Martínez de Fe (1279), Payo Gómez Chariño (1284-1286) —que también fue conocido como poeta y había participado en las acciones navales del cerco de Sevilla en 1247-48—, Pedro y Ñuño Díaz de Castañeda (1286-1291), y luego el genovés Zaccaría (1291-1293). Todos ellos mandaban flotas eventuales, reunidas para campañas concretas y desarmadas al terminar la misión.

Como señala el historiador Rafael Sánchez Saus, «remuneración de servicios, promesas cortesanas, parentesco y cercanía a la real persona son las motivaciones que impulsaban el nombramiento de determinados almirantes, lo que no difiere de las que se observan en otros muchos oficios de la administración central o territorial de la Corona». Pero la necesidad de especialistas hacía que a menudo se nombrase almirante a personas alejadas de los círculos cortesanos, e incluso a extranjeros. La tensión entre profesionalidad y linaje marcó toda la historia del almirantazgo medieval castellano.

El legado de un siglo

Cuando el siglo XIII llegaba a su fin, Castilla seguía sin tener una marina permanente. La guerra naval se organizaba mediante contratos —como demuestra el sistema de fletes y soldadas donde «sólo se computaban las soldadas, ya que los reyes no debían pagar fletes, bastimentos ni otros gastos»—, embargos de barcos y acuerdos con la marina mercante cantábrica. Pero se habían sentado las bases: unas atarazanas capaces de construir y reparar galeras, un cuerpo legal pionero que definía la guerra en el mar, y una institución —el almirantazgo— que, aunque frágil y dependiente de la iniciativa regia, perduraría durante siglos.

Los proyectos navales de Alfonso X, pese a su fracaso parcial, marcaron un antes y un después. Por primera vez, un rey castellano había intentado crear una flota real con base en Sevilla, había legislado sobre la guerra naval y había establecido un marco institucional para el mando en el mar. Las Siete Partidas seguirían siendo el referente jurídico de la marina castellana durante toda la Baja Edad Media, y las atarazanas de Sevilla —con sus altibajos— continuarían siendo el arsenal del reino hasta bien entrado el siglo XVI.

Castilla no miraba al mar. Pero en el siglo XIII, a base de necesidad, de ensayo y error, y de contratar a los mejores marinos del Mediterráneo —desde genoveses como Zaccaría hasta catalanes como Escrivá—, empezó a girar la cabeza. El camino hacia 1492 —y hacia un imperio oceánico— comenzó en aquellos astilleros improvisados de Sevilla, en los contratos con cómitres extranjeros y en las naos vizcaínas que rompieron el puente de Triana.

📚 Fuentes y recursos

– AZNAR VALLEJO, Eduardo. «La organización de la flota real de Castilla en el siglo XV». CEMYR, Universidad de La Laguna.

– LADERO QUESADA, Miguel Ángel. «El almirantazgo de Castilla en la Baja Edad Media. Siglos XIII a XV». Real Academia de la Historia.

– Instituto de Historia y Cultura Naval. «Cuaderno Monográfico n.º 72: La Marina de la Corona de Aragón». Madrid: Ministerio de Defensa, 2016.

– RUIZ POVEDANO, José María. «La fuerza naval castellana en la costa del Reino de Granada (1482-1500)». Chronica Nova, 28, 2001, pp. 401-435.

– ESPILEZ MURCIANO, Felipe. «La guerra en la mar en las Siete Partidas». Revista de Historia Naval, 2013.

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