Motines y disciplina a bordo

⛵ Serie NAV — NAV S17

Motines y disciplina a bordo

Introducción

A las cuatro de la madrugada sonaba el pito del contramaestre. Cada toque correspondía a una maniobra, cada maniobra a un puesto, y cada marinero conocía el suyo. Ese orden sostenía a los buques de guerra del siglo XVIII: un navío de setenta y cuatro cañones reunía a setecientos hombres que debían operar como un solo cuerpo durante meses, sin pisar tierra. Pero el orden no se sostenía solo: descansaba en un código penal riguroso, en la autoridad de los oficiales y en el temor a un castigo ejemplar. Entre el motín y la obediencia discurría la vida entera a bordo.

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La ley a bordo

La disciplina de la Armada del siglo XVIII se articuló en dos grandes textos. Las ordenanzas de 1748, promulgadas por Fernando VI bajo el impulso del marqués de la Ensenada, unificaron el gobierno militar, político y económico de la Armada. Las de 1793, dictadas por Carlos IV, revisaron aquel cuerpo y lo adaptaron a su tiempo. Ambos fijaban las obligaciones de cada empleo, del capitán al grumete; la rutina diaria; los delitos y sus penas.

La autoridad residía en el capitán, que castigaba por sí las faltas leves. Los delitos graves, como el motín, la sedición o la deserción, se juzgaban en consejo de guerra, con testigos, defensa y sentencia revisada; un auditor letrado asesoraba al tribunal, y el fuero militar apartaba a marineros y soldados de la justicia ordinaria. Frente a otras marinas, la española quiso que el castigo naciera de la ley escrita y no del humor del comandante.

Castigos: de los grilletes a la verga

La escala penal empezaba en lo leve: pérdida de ración, guardias extraordinarias, prisión a bordo. Le seguían los grilletes, que encadenaban al hombre a un cañón durante días o semanas, y las baquetas, castigo por el que el reo corría entre dos filas que le golpeaban con varas. Para los reincidentes quedaba el hierro candente, que marcaba al desertor, y el destino a los arsenales, en obras forzadas.

Las penas mayores se ejecutaban a la vista de la dotación, porque el ejemplo era parte del castigo. El paseo por la quilla arrastraba al reo por debajo del casco, atado a un cabo, con riesgo real de ahogarse o desollarse contra el fondo. Colgar de la verga lo dejaba suspendido de la percha durante horas, expuesto a la vergüenza de todos. La pena de muerte se reservaba a los delitos graves, amotinarse, herir a un oficial, desertar ante el enemigo, y se ejecutaba ahorcando al condenado de la verga ante la tripulación formada.

Las ordenanzas de 1793 insistieron, sin embargo, en la proporcionalidad: castigar con crueldad desmedida era un delito del oficial, porque la injusticia del superior sembraba el motín que el código quería prevenir.

Las causas de los motines

Los motines rara vez nacían de la ambición o la política, sino del hambre, de la paga y de los malos tratos. El biscote se agusanaba, la carne salada se pudría y el agua escaseaba en las travesías largas; los convoyes que aguardaban víveres durante semanas en La Habana o Veracruz veían encenderse los ánimos. La Corona pagaba con atraso: los matriculados, inscritos por la matrícula de mar de 1737, servían por obligación y cobraban tarde, cuando cobraban. A ello se sumaban el hacinamiento, las enfermedades y la dureza de oficiales que confundían el mando con el abuso.

La protesta individual era la deserción, masiva en los puertos cuando el buque se demoraba; la colectiva, el motín: negarse a obedecer, ocupar la cubierta y exigir víveres, sueldos o la destitución de un oficial. En las galeras del Mediterráneo la tensión era aún mayor: los forzados, condenados a remar encadenados al banco, no tenían nada que perder, y sus sublevaciones se sofocaban con una violencia que los expedientes reflejan sin adornos.

Motines célebres

Los consejos de guerra conservados en el Archivo General de Marina permiten reconstruir varios de esos episodios. En unos, la tripulación de un convoy a la espera de víveres se negó a hacerse a la mar hasta cobrar; en otros, los forzados de una galera intentaron apoderarse del buque de noche. La respuesta seguía un patrón fijo: justicia sumaria para los cabecillas, ahorcados en la verga, y perdón vigilado para el resto, que volvía a la faena con grilletes.

Tampoco fue un fenómeno exclusivamente español. En 1797 la Royal Navy sufrió los motines de Spithead y el Nore, sofocados con ejecuciones y, en el primero, con mejoras de paga. En la Armada española la respuesta habitual combinó la ejemplaridad del castigo con la reforma del servicio: las propias ordenanzas de 1748 nacieron de la necesidad de ordenar unas dotaciones heterogéneas, formadas por matriculados, voluntarios, tropa embarcada y hasta forzados.

La disciplina como doctrina

Para la Armada española la disciplina fue doctrina, no improvisación. Las ordenanzas de 1748 y 1793 convirtieron el castigo en ley escrita y al oficial en un juez sometido a procedimiento. La proporción entre falta y pena, la prohibición de la crueldad, el consejo de guerra como garantía: todo apuntaba a un fin, mantener eficaz a la dotación. Un buque cuyos hombres desconfiaban de sus jefes estaba perdido antes del combate; uno cuyas reglas se conocían podía resistir meses de bloqueo, hambre y temporales.

La comparación con otras marinas ayuda a situar el sistema. Las Articles of War británicas descansaban en el azote, con decenas o centenares de latigazos; la ordenanza naval francesa de 1689 codificó con igual detalle delitos y penas. La española se movía entre ambas: dura en los ejemplos, legalista en el procedimiento. La infantería de marina, creada en 1717, aportaba la columna disciplinada: soldados que vivían entre los marineros y convertían la dotación en guarnición. Y estaba el ejercicio: maniobrar el velamen y servir la artillería hasta hacerlo automático, porque una tripulación ejercitada disparaba mejor y desertaba menos.

Conclusión: el orden escrito

La disciplina del siglo XVIII no fue un adorno de los tratados, sino la respuesta a un problema real: cómo hacer de setecientos hombres reunidos a la fuerza una máquina capaz de combatir. El motín era el fracaso de ese sistema, y por eso se castigaba con dureza; pero el sistema también fracasaba cuando el oficial convertía el castigo en abuso, y las ordenanzas de 1748 y 1793 lo sabían. Entre la verga y el consejo de guerra, la Armada construyó un orden escrito que ni la mar ni el hambre pudieron tachar. Los marineros que lo soportaron no levantaron acta; la levantaron los motines que lo desafiaron y los códigos que lo defendieron.

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Fuentes y recursos

Ver también: PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló | Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto. Fuente: Motines y disciplina a bordo.

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