Artillería naval: cañones, carronadas y obuses

Cañones fundidos en la Real Fábrica de Artillería de La Cavada, Cantabria.

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Introducción

La artillería naval fue el elemento determinante en los combates del siglo XVIII. La evolución de los cañones navales —desde los pesados cañones de bronce hasta las modernas carronadas de hierro— transformó por completo las tácticas de combate en la mar. España, con una tradición fundidora que se remontaba al siglo XVI, mantuvo un alto nivel en la producción artillera, aunque no siempre pudo competir en cantidad con la pujante industria británica. Este artículo examina los tipos de piezas, su fabricación y su empleo táctico en la Armada española del Setecientos.

Los cañones de bronce y de hierro

A principios del siglo XVIII, los cañones navales españoles se fundían mayoritariamente en bronce, una aleación de cobre y estaño que ofrecía gran resistencia a la corrosión pero resultaba muy cara. Cada cañón de bronce de 24 libras costaba el equivalente a varios meses del sueldo de un capitán de navío. Por eso, a lo largo del siglo, la Armada fue sustituyendo gradualmente el bronce por el hierro colado, más barato y duradero. Las fundiciones de La Cavada (Santander) y Liérganes produjeron durante décadas cañones de hierro de excelente calidad, aunque la producción nunca fue suficiente para abastecer a toda la flota. Como señala la RHN, la dependencia de las importaciones de hierro sueco y de cañones ingleses (vía contrabando) fue un problema constante para la artillería española.

Cañón de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada. CC BY 2.5.
Cañón de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada. CC BY 2.5.

Calibres y tipos de piezas

La artillería naval del siglo XVIII se clasificaba por el peso del proyectil, es decir, por el calibre. Los calibres más habituales eran:

  • Cañones de 36 libras: las piezas más pesadas, montadas en la batería baja de los navíos de primera clase.
  • Cañones de 24 libras: el calibre estándar de la batería baja en los navíos de 74 cañones.
  • Cañones de 18 libras: montados en la batería alta.
  • Cañones de 12 y 8 libras: usados en alcázar y castillo de proa.
  • Obuses: piezas cortas de gran calibre, diseñadas para disparar granadas explosivas con trayectoria curva. Fueron especialmente útiles en bombardeos costeros.
  • Carronadas: introducidas por la Marina británica en la década de 1770, eran cañones cortos, ligeros y de gran calibre que disparaban a corta distancia. La Armada española las adoptó a fines del siglo, montándolas en el alcázar de muchos navíos.
Carronada, pieza de artillería corta de gran calibre usada en el combate a quemarropa. CC BY-SA 3.0 fr.
Carronada, pieza de artillería corta de gran calibre usada en el combate a quemarropa. CC BY-SA 3.0 fr.

Todoavante documenta que la artillería española experimentó con piezas de 48 libras, pero resultaron demasiado pesadas y de recarga muy lenta, por lo que no llegaron a generalizarse.

La fabricación: fundiciones y proveedores

La fundición más importante de España fue la Real Fábrica de Artillería de La Cavada, en Cantabria, activa desde 1635. Allí se fundieron los cañones de hierro que armaron los navíos de la Armada durante todo el siglo XVIII. También funcionaron fundiciones en Sevilla, Barcelona y Málaga, aunque con menor producción. En América, las fundiciones de México y Perú suministraban cañones de bronce para los barcos construidos en los arsenales de La Habana y Veracruz. La calidad del hierro español era reconocida en toda Europa, pero la producción estaba limitada por la disponibilidad de mineral de hierro y de carbón vegetal. La RHN destaca que, en tiempos de guerra, la escasez de cañones era un problema crítico: muchos navíos españoles salían a la mar con menos piezas de las reglamentarias, o con piezas de diferentes calibres que complicaban la munición.

Táctica artillera española

La táctica artillera española del siglo XVIII difería de la británica. Mientras los ingleses buscaban el combate a corta distancia, descargando andanadas devastadoras contra el casco enemigo, los españoles preferían disparar a media distancia, apuntando a la arboladura para inmovilizar al contrario y luego abordarlo. Esta táctica, heredada del siglo anterior, se mostró obsoleta frente a la superioridad artillera británica. No obstante, a finales del siglo, los oficiales españoles más modernos —como Gravina o Churruca— adoptaron las tácticas inglesas, entrenando a sus tripulaciones en la cadencia de fuego rápida y la puntería precisa. En Trafalgar, algunos navíos españoles alcanzaron velocidades de disparo comparables a las británicas, aunque la falta de práctica conjunta y la heterogeneidad de la flota combinada lo hicieron insuficiente.

📚 Fuentes y recursos


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