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Exploración y Patagonia
Introducción
A comienzos del siglo XVIII, la costa atlántica de la Patagonia seguía siendo para la corte de Madrid un espacio apenas dibujado en los mapas. Los cronistas de la expedición de Magallanes habían contado que en aquella tierra vivían gigantes de pies enormes —los «patagones» que acabaron dando nombre a la región— y, dos siglos después, todavía se discutía si ese litoral inhóspito era un refugio de corsarios o la puerta trasera del Pacífico español. Durante décadas, las guerras europeas habían reclamado la atención de la Corona, y nadie se ocupaba de una costa que se creía lejana e inútil. Todo cambió en la segunda mitad de la centuria, cuando el proyecto borbónico de poblar y defender los confines del imperio americano puso a la Patagonia en el centro de la política naval del Atlántico Sur.
El desafío de la costa desconocida
Reconocer aquel litoral no era tarea sencilla. Entre el Río de la Plata y el estrecho de Magallanes se extiende una costa larguísima, azotada por vientos persistentes, con pocos abrigos capaces de acoger una escuadra y una meseta árida que no ofrecía ni agua dulce ni leña a los desembarcos. La cartografía disponible arrastraba errores del siglo XVI, los fondos estaban mal sondados y los marinos preferían mantenerse lejos de una tierra que el invierno hacía aún más hostil. A mediados de siglo, el gobernador José de Andonaegui ordenó desde Buenos Aires el primer reconocimiento sistemático de la costa patagónica: las embarcaciones enviadas levantaron planos del río Negro, de la bahía de San José, junto a la península Valdés, y de la ensenada de Puerto Deseado, y trajeron a la capital las primeras noticias de los tehuelches, los grupos indígenas que recorrían la llanura con sus caballadas. Aquellos informes, sumados al temor de que los británicos ocuparan algún puerto antes que los españoles, convencieron a la Corona de que había llegado el momento de pasar de los mapas a los asentamientos.
Las expediciones de 1778-1779
El plan se puso en marcha en 1778 con una doble expedición organizada desde el virreinato del Río de la Plata. Una división, mandada por Juan de la Piedra, se hizo a la vela con rumbo a la península Valdés, donde la bahía de San José ofrecía un fondeadero resguardado a los buques que descendían hacia el sur. La otra, al mando de Francisco de Viedma, siguió la costa hasta el río Negro, cuya desembocadura, con agua dulce y pastos abundantes, parecía el emplazamiento idóneo para un establecimiento estable. Entre las dos divisiones se repartieron colonos, labradores, ganado, herramientas y pertrechos militares, con la orden expresa de levantar fortificaciones y no abandonar los puestos. La empresa distó de ser un paseo: los temporales castigaron a los buques, la costa ofrecía pocos fondeaderos y cada desembarco exigía negociar con los tehuelches, con quienes se estableció un trato de trueque. Antonio de Viedma, hermano de Francisco, recorrió además el tramo más austral de la campaña y reconoció Puerto Deseado, que la Corona pensaba convertir en escala para los buques que viajaban entre España y el Pacífico.
Los establecimientos: Fuerte San José y Carmen de Patagones
La campaña dio sus frutos en 1779 con la creación de dos establecimientos gemelos. En la península Valdés, Juan de la Piedra fundó la Nueva Colonia y Fuerte de San José, un recinto fortificado levantado junto a la bahía del mismo nombre para vigilar el litoral y dar escala a los buques. En la margen septentrional del río Negro, Francisco de Viedma estableció Carmen de Patagones, un pueblo de colonos con huertas, ganado y una pequeña guarnición, que con el tiempo se convertiría en la población permanente más austral del virreinato. Poco después se intentó también poblar Puerto Deseado, más al sur, para asegurar la escala hacia el cabo de Hornos. La vida en aquellos puestos fue durísima: la sequía arruinaba las cosechas, el ganado enfermaba, la leña escaseaba y la ayuda solo llegaba cuando los barcos de Buenos Aires completaban la travesía. Los colonos dependían de los tehuelches, con quienes intercambiaban pieles y alimentos por herramientas y telas; la actitud de los indígenas, unas veces amistosa y otras recelosa, pesaba tanto como el clima. Carmen de Patagones resistió y prosperó lentamente. Fuerte San José, en cambio, aislado y mal abastecido, fue decayendo año tras año, hasta que décadas después un ataque de los pueblos originarios arrasó el fuerte y su guarnición.
La geopolítica del Atlántico Sur
Detrás de aquel esfuerzo había un cálculo estratégico que la Corona no ocultaba. En 1766 los británicos habían fundado Puerto Egmont en las Malvinas, a un paso de la costa patagónica, mientras los españoles mantenían su propio establecimiento en Puerto Soledad, en la otra isla del archipiélago. Aquella presencia inglesa no era una anécdota: el cabo de Hornos era la puerta del Pacífico, y por sus aguas transitaban los buques que unían los puertos del virreinato del Perú con España, cargados de mercancías y metales preciosos. Los corsarios británicos conocían bien esas rutas, y los informes de presas capturadas frente a Chile y el Perú se repetían en los despachos de Madrid. Poblar la Patagonia y sostener las Malvinas eran, para los ministros de Carlos III, dos caras de la misma moneda: fijar población española en el Atlántico sur para negar a cualquier potencia extranjera un refugio, una base o un punto de partida hacia el Pacífico. El proyecto encajaba, además, en el programa general de las reformas borbónicas, que quería colonias pobladas, defendidas y productivas en lugar de dominios nominales. La frontera sur del virreinato del Río de la Plata dejaba de ser una línea dibujada en un despacho para convertirse en un objetivo militar y administrativo concreto.
Conclusión
La empresa de poblar la Patagonia no produjo las ciudades que habían soñado los proyectistas. Los establecimientos costaron vidas y dinero, y solo Carmen de Patagones echó raíces duraderas. Pero el balance no puede medirse únicamente por el número de colonos. Las expediciones de 1778-1779 cerraron por primera vez el mapa de una costa que se navegaba casi a ciegas: sus derroteros, sus planos y sus informes sobre los tehuelches sirvieron durante décadas a cuantos surcaron aquellas aguas. Frente a las Malvinas, la Patagonia dejó de ser una abstracción geográfica y se convirtió en un frente real de la defensa del Atlántico Sur; el esfuerzo demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar la monarquía borbónica para sostener su soberanía en los confines del imperio. La tierra de los gigantes imaginarios había pasado a la historia real: navegada, cartografiada y, en un rincón de su costa, poblada.
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- Glosario de Historia Naval
Fuentes y recursos
- Archivo General de la Marina «Álvaro de Bazán»
- PARES – Portal de Archivos Españoles
- Todoavante – Historia naval española
Ver también: PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló | Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto. Fuente: Exploración y Patagonia.
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