Ciencia y poder naval en la Ilustración

Serie NAV — NAV S25

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Ciencia y poder naval en la Ilustración

Introducción

En 1749, dos oficiales de la Armada española desembarcaron en Londres con una misión nada bélica. Jorge Juan y Antonio de Ulloa llegaban presentados como sabios en viaje de estudios, pero su encargo secreto era otro: averiguar cómo Inglaterra construía sus navíos y por qué su marina dominaba los mares. Durante meses recorrieron astilleros y factorías, tomaron medidas y enviaron a Madrid informes sobre la industria británica. Aquel viaje de espionaje científico resume lo que fue el siglo XVIII español: la certeza de que el poder en el mar se ganaba con matemáticas y astronomía, además de con cañones.

Academias, observatorios, expediciones y arsenales sirvieron a un mismo proyecto: reconstruir una armada capaz de competir con las grandes potencias.

La ciencia al servicio de la Corona

Tras la guerra de Sucesión, España llegó a la paz de Utrecht con una flota mermada y un imperio que defender. La nueva dinastía entendió que la recuperación pasaba por el mar, y que el mar exigía oficiales formados, mapas fiables y barcos calculados. La Corona se convirtió así en la gran mecenas de la ciencia española: financió cátedras, compró instrumentos y creó instituciones permanentes. No era curiosidad académica, sino utilidad: medir la Tierra para navegar mejor, observar las estrellas para fijar la posición de los barcos y calcular los materiales de los buques.

El programa encontró su impulsor en el marqués de la Ensenada, secretario de Estado de Fernando VI, que supo ver en el conocimiento aplicado la vía más corta hacia el poder naval. Bajo su impulso se protegieron las expediciones, se fomentó la formación de oficiales y se dio entrada a una generación de marinos que eran a la vez matemáticos, astrónomos y cartógrafos. La ciencia dejó de ser asunto de eruditos para convertirse en asunto de Estado.

Jorge Juan y Ulloa: la generación de los sabios

Aquella generación tuvo dos nombres propios: Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Ambos ingresaron muy jóvenes en la Compañía de Guardias Marinas y demostraron un talento poco común para el cálculo. En 1735 fueron elegidos para acompañar a la expedición francesa de La Condamine al actual Ecuador, encargada de medir un grado del meridiano terrestre en el ecuador. La empresa duró casi una década y exigió trabajos de triangulación por montañas y selvas. Su fruto fue doble: datos precisos sobre la forma de la Tierra y una relación del viaje, publicada en 1748, que reveló a Europa los territorios americanos.

Ulloa descubrió además la platina, el metal que hoy llamamos platino, y estudió las minas de mercurio de Huancavelica, esenciales para la explotación de la plata. Jorge Juan fue enviado a Londres en 1749 con el encargo oficial de reclutar artesanos para los astilleros españoles. El encargo real era otro: penetrar en los secretos de la construcción naval inglesa. Sus informes llegaron a Madrid y su prestigio le abrió las puertas de la Royal Society. En 1771 publicó el Examen marítimo, que aplicaba el cálculo a la arquitectura naval y fue referencia en Europa durante décadas.

Academias y formación de oficiales

Ese capital humano no habría existido sin un sistema de enseñanza. La Compañía de Guardias Marinas, fundada en Cádiz en 1717, fue la primera escuela naval española y una de las primeras de Europa. Hasta entonces los pilotos se formaban a bordo, con la práctica de los veteranos. Desde entonces, los aspirantes a oficial estudiaban aritmética, geometría, trigonometría, astronomía y navegación antes de embarcarse.

La Academia de Guardias Marinas de Cádiz se convirtió en un centro científico del que salieron los oficiales que luego dirigirían expediciones, levantarían mapas y reformarían los arsenales. A su lado creció el Observatorio de Cádiz, fundado en 1753, dedicado a la observación astronómica y al cálculo del tiempo y la longitud. Los guardiamarinas aprendían allí a manejar los instrumentos y colaboraban en las observaciones. Así se formó dentro de la Armada una comunidad científica permanente.

Cartografía e hidrografía: medir el mar

Navegar con seguridad exigía conocer las costas, y las costas españolas y americanas estaban mal cartografiadas. Durante la segunda mitad del siglo, oficiales formados en la academia levantaron cartas de los litorales con métodos sistemáticos. Vicente Tofiño de San Miguel dirigió el gran levantamiento del litoral peninsular, que culminó en el Atlas Marítimo de España, publicado en 1789, con sus derroteros para el Mediterráneo y el Atlántico.

El esfuerzo se completó con la creación del Depósito Hidrográfico en 1797, organismo encargado de reunir, corregir y publicar las cartas de todas las posesiones españolas. Las grandes expediciones del final de siglo, como la de Alejandro Malaspina entre 1789 y 1794, regresaron con miles de observaciones de cartógrafos y astrónomos. El octante de reflexión permitió medir la altura de los astros con más precisión, y los cronómetros marinos empezaron a embarcarse en los buques para calcular la posición en alta mar.

La ciencia en los arsenales

La construcción naval vivió una transformación paralela. Durante siglos, los barcos se habían construido según la experiencia de los maestros de ribera. La Ilustración introdujo el cálculo y el plano. El Examen marítimo de Jorge Juan dio fundamento matemático a la arquitectura naval, y el llamado sistema a la inglesa, aprendido en aquel viaje de 1749, estandarizó las dimensiones de los buques. Los navíos de línea de 70 y 74 cañones pasaron a construirse en serie, con planos uniformes, en los arsenales de Ferrol, Cartagena y La Habana.

El arsenal dejó de ser un simple astillero: ingenieros, delineantes y peritos trabajaban junto a los carpinteros de ribera. La elección, el secado y el corte de la madera se sometieron a criterios medidos, y los diques permitieron carenar los grandes cascos. La ciencia se tradujo en barcos más robustos y duraderos, y eso era poder: un navío que aguantaba una década más en servicio costaba la mitad que otro que había que sustituir.

Conclusión

El siglo XVIII español demostró que la grandeza naval no se mide solo en el número de buques. La flota que se reconstruyó tras la paz de Utrecht fue el resultado de un proyecto científico: escuelas que formaban oficiales calculadores, observatorios que medían el cielo, cartógrafos que dibujaban el mar y arsenales que construían con plano y compás. Cuando el poder militar español declinó, aquella infraestructura del saber sobrevivió. El Observatorio, el Depósito Hidrográfico y las academias siguieron formando a generaciones de marinos. La lección de Jorge Juan y sus contemporáneos es que, en el mar, el conocimiento también es una forma de artillería, y la que no se gasta con el tiempo.

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Fuentes y recursos

Ver también: PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló | Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto. Fuente: Ciencia y poder naval en la Ilustración.

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