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PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló
Serie: Logística Imperial Española · Capítulo III
Categoría: Historia Naval
Blog: Vientos de Poniente
El 13 de agosto de 1762, las campanas de La Habana doblaron por última vez bajo bandera española. Tras dos meses de asedio, la ciudad que su gobernador, Juan de Prado, había descrito como «el mejor puerto de Indias» y «la llave del Nuevo Mundo» se rendía al Ejército británico. La escuadra fondeada en el puerto, nueve navíos de línea, fue capturada intacta. El tesoro acumulado durante décadas cambió de manos en unas horas. ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Fue incompetencia de los defensores o el resultado inevitable de décadas de abandono logístico?
1. El premio mayor del Caribe
Para medir lo que significó la pérdida de La Habana hay que recordar lo que la ciudad representaba para el Imperio español. Como vimos en los dos artículos anteriores, era el punto de convergencia de todo el tráfico marítimo español en América. Allí se reunían las flotas de Nueva España y Tierra Firme antes de regresar a la península. Allí se almacenaban la plata, el oro y las mercancías antes del viaje transatlántico. Y allí, desde 1712, funcionaba el mayor astillero del imperio, cuyos navíos, construidos con cedro cubano, duplicaban en longevidad a sus equivalentes europeos.
La expedición británica que zarpó hacia La Habana en la primavera de 1762 fue la más poderosa que jamás se había lanzado contra una plaza iberoamericana; no conozco a ningún historiador que lo discuta. Al mando iban el general George Keppel, conde de Albemarle, y el almirante George Pocock. La fuerza invasora contaba con 28 navíos de línea, 145 buques de transporte, 14.000 soldados y más de 4.000 esclavos africanos empleados como mano de obra para las obras de asedio. En total, unos 20.000 hombres y 2.292 cañones.
La flota británica apareció frente a La Habana el 6 de junio de 1762, tras atravesar el canal viejo de Bahamas. Una maniobra arriesgada, que pilló por completo desprevenido al gobierno de la colonia.
2. El estado de las defensas
Frente a semejante maquinaria de guerra, La Habana disponía de unos 2.800 soldados regulares del Regimiento Fijo, milicias que sumaban unos 4.753 hombres distribuidos en batallones de blancos, mulatos y negros, más los marinos de la escuadra anclada en puerto. Sobre el papel, la guarnición rondaba los 10.000 hombres. Sobre el terreno, la calidad de esas fuerzas era de todo menos homogénea.
El sistema defensivo de La Habana se basaba en fortificaciones que, a simple vista, parecían imponentes. El Morro, construido a partir de 1589 sobre una elevación rocosa a la entrada de la bahía, era la fortaleza más artillada de la ciudad. El castillo de la Punta controlaba el lado opuesto del canal de entrada. La muralla que rodeaba la ciudad, de 1.700 metros de longitud, se había comenzado a construir en 1558, se había abandonado y reiniciado varias veces, y no se terminaría hasta 1767, cinco años después de la caída.
Las apariencias, en este caso, engañaban del todo. Un informe del ingeniero Miguel de Muesas fechado en 1759 ya advertía de que la artillería necesaria para las defensas ascendía a 595 cañones, de los cuales solo había 340, y de estos apenas 107 estaban en servicio. El resto estaba inútil, desfogado o solo servía a medias. Los fusiles eran escasos y en su mayoría inservibles. La pólvora almacenada era insuficiente para un asedio prolongado.
Peor aún: la colina de La Cabaña, que dominaba tanto el castillo del Morro como la ciudad, carecía de fortificación permanente. Ya en 1749 se había solicitado a la Corte la necesidad de levantar una fortaleza en esa posición. El propio gobernador Francisco Caxigal había insistido ante el ministro Julián de Arriaga, pero la respuesta había sido desalentadora: «No está olvidada la representación de Vuestra Excelencia para fortificar el parage nombrado la Cabaña; pero no ha merecido el mayor concepto de esta idea».
La Corona, que se había negado sistemáticamente a financiar esas obras durante más de una década, fue el primer eslabón de la cadena de fallos logísticos que condujo al desastre.
3. Juan de Prado: ¿chivo expiatorio o culpable?
Juan de Prado Portocarrero y Malleza había llegado a La Habana para tomar posesión de su cargo de Capitán General el 2 de febrero de 1761. Militar de carrera, había empezado en el Regimiento de Guardias Españolas y combatido en Sicilia. No era un inepto, aunque la historia lo haya tratado a menudo como si lo fuera: heredó una situación imposible.
Desde el primer momento comprendió la gravedad de la situación. El 8 de julio de 1761 escribió a Arriaga recomendando «no disgustar a los ingleses, por el mal estado en que se halla la plaza». No fue cobardía: fue el diagnóstico honesto de un militar que sabía que sus defensas no resistirían un ataque serio.
El 24 de febrero de 1761, el Rey le ordenó crear una Junta de Guerra y comenzar los preparativos defensivos. Las órdenes que llegaban de Madrid eran contradictorias: primero se le decía que fortificara la Plaza por tierra, luego la Cabaña; después se le ordenaba priorizar una cosa y luego la otra. Y para cuando llegaban las instrucciones, ya era tarde.
El 27 de febrero de 1762, apenas tres meses antes de la llegada de los ingleses, se celebró la primera Junta de Guerra presidida por Prado. En ella se acordaron las obras necesarias: fortificar la Cabaña, reparar las murallas, reforzar la artillería. Los recursos eran insuficientes y el tiempo no existía.
Uno de los problemas más acuciantes era la falta de mano de obra. Prado solicitó forzados a Nueva España para las obras de fortificación, pero le fueron denegados. Tuvo que recurrir a la compra de esclavos en colonias extranjeras y, finalmente, a reclutar niños mayores de ocho años para que ayudaran en las obras. Conviene pararse un segundo en esa última frase antes de idealizar nada: niños mayores de ocho años moviendo tierra en las fortificaciones.
Las milicias, por su parte, tenían una calidad deplorable. El coronel Carlos Caro, que mandaba los dragones y la caballería, describía a sus hombres como aterrorizados: «huían a la vista del enemigo, gastaban los víveres, se llevaban las armas y causaban un desorden general». De los lanceros añadía que «no solo me eran inútiles, sino perjudiciales, por el temor pánico con que huían de sus enemigos».
4. El sitio: errores tácticos y decisiones fatales
El 6 de junio de 1762, los vigías del Torreón de Cojímar avistaron la flota inglesa. Al día siguiente, los primeros soldados británicos desembarcaron al este de La Habana. El plan británico era metódico: establecer baterías en la colina de La Cabaña para batir el Morro desde arriba y, una vez tomado el Morro, dominar el puerto y la ciudad.
El 8 de junio, la Junta de Guerra tomó una decisión que resultaría fatal: abandonar la Cabaña. El ingeniero jefe, Baltasar Ricaud, dictaminó que la posición era indefendible sin fortificación permanente y que era mejor concentrar las tropas en la Plaza y el Morro. Los británicos ocuparon la altura sin disparar un solo tiro. Desde allí establecieron sus baterías y comenzaron a bombardear el Morro a placer.
El capitán de navío Luis Vicente de Velasco, defensor del Morro, se batió como pocos. Durante semanas, sus hombres resistieron el bombardeo continuo desde la Cabaña, reparando las brechas una y otra vez. Velasco propuso varias salidas para atacar las baterías enemigas o, al menos, para inutilizar el castillo y retirar la guarnición. Todas fueron rechazadas por la Junta.
El 30 de julio, una mina británica voló parte del baluarte principal del Morro. Velasco resultó mortalmente herido. El castillo cayó al día siguiente. Con el Morro en manos enemigas, la ciudad y la escuadra quedaron a merced de los cañones ingleses.
Entre el 1 y el 13 de agosto, la Junta de Guerra se reunió sin alcanzar acuerdos decisivos. Velasco, antes de morir, había instado a evacuar la plaza, inutilizar el puerto y retirarse al interior de la isla para continuar la resistencia. Pero Prado, presionado por el Marqués del Real Transporte, jefe de la escuadra, y el Conde de Superunda, exvirrey del Perú presente en La Habana de paso, optó por la rendición.
El 13 de agosto se firmaron las capitulaciones. La Habana, su escuadra, sus almacenes y su tesoro pasaron a manos británicas. Los invasores capturaron nueve navíos de línea, el Aquilón, el Vencedor, el Soberano, el Asia, el Conquistador, el Tigre, entre otros, más de 100 buques mercantes y un cargamento de plata, oro, tabaco y mercancías valorado en millones de pesos. El mayor botín jamás capturado en América.
5. Ocupación, regreso y reformas
La ocupación británica duró once meses. En el Tratado de París de 1763, España recuperó La Habana a cambio de La Florida. Nada más recuperarla, el nuevo capitán general, Ambrosio Funes de Villalpando, conde de Ricla, y el mariscal de campo Alejandro O’Reilly, un irlandés al servicio de España, pusieron en marcha la reforma más ambiciosa del sistema defensivo americano. O’Reilly, junto con los ingenieros Silvestre Abarca y Agustín Crame, diseñó el segundo sistema defensivo de La Habana, cuya pieza central era la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, una fortificación abaluartada cuya construcción duró diez años. El arsenal, destruido por los ingleses, se reconstruyó, y dos años después ya se botaban nuevos buques. Las reformas de O’Reilly se extendieron después a Puerto Rico, Florida y otras plazas americanas, y de ellas salió un nuevo modelo defensivo para todo el Imperio.
6. El juicio: un proceso político
El juicio por la pérdida de La Habana fue uno de los procesos militares más controvertidos de la historia de España. El 30 de agosto de 1762, Juan de Prado y los demás oficiales fueron embarcados a Cádiz. El 23 de febrero de 1763, el Rey ordenó formar una Junta presidida por el conde de Aranda.
El fiscal, Manuel de Craywinckal, se enfrentó a un problema de base: no existían ordenanzas militares que tipificaran la rendición de una plaza. Tuvo que recurrir a las Leyes de las Siete Partidas, del siglo XIII. Los cargos contra Prado incluían no haber fortificado la Cabaña, no haber atacado al enemigo a tiempo y haber rendido la plaza «sin brecha abierta en el cuerpo de ella» sin evacuar el tesoro real.
El proceso se convirtió en una lucha entre los «aristócratas», con Aranda, y los «golillas», con Craywinckal. Aranda excluyó al fiscal de las sesiones decisivas. Las votaciones fueron muy divididas: cuatro votos pidieron la pena de muerte para Prado, pero finalmente, en marzo de 1765, la sentencia fue más benevolente: privación perpetua de empleo, destierro y resarcimiento económico.
La política lo acabó pervirtiendo todo. Prado se retiró a León con una pensión secreta. El Marqués del Real Transporte fue rehabilitado al año siguiente y recibió la Cruz de Carlos III en 1772. El proceso, según el historiador Juan Marchena, había sido «realmente penoso y hasta cierto punto inútil».
7. Conclusión: lecciones de un desastre
La caída de La Habana no fue culpa de Juan de Prado ni de sus generales. Fue el resultado de décadas de desinversión en las defensas americanas, de la falta de una estrategia logística coherente y de la rigidez de un sistema que no podía reaccionar con rapidez a las amenazas. La Corona estaba avisada desde 1749 del peligro que suponía la Cabaña sin fortificar, y había ignorado las advertencias. El gobernador Caxigal había solicitado artillería y fondos sin éxito. La maquinaria logística del imperio, tan eficiente en tiempos de paz, falló estrepitosamente cuando llegó la guerra.
Las reformas que siguieron a la pérdida, la fortificación de la Cabaña, la reorganización militar, la reconstrucción del arsenal, fueron una respuesta tardía pero efectiva. En 1782-83, La Habana serviría como base para la recuperación española de Las Floridas y las Bahamas. El imperio aprendió la lección, aunque el precio fuera alto: once meses de ocupación, la humillación nacional y un proceso judicial que dejó a todos insatisfechos.
La historia del sistema logístico imperial español es una historia de contrastes: una maquinaria increíblemente sofisticada que durante siglos mantuvo unido el mayor imperio del mundo, y que cuando fallaba lo hacía de forma espectacular. La Habana 1762 fue el mayor de esos fallos. Que en Madrid tardaran décadas en digerirlo dice bastante de cómo funcionaba aquel Estado.
Imágenes sugeridas (2 por artículo):
- «Dominic Serres the Elder – The Siege of Havana 1762, view of the city». Pintura del artista británico Dominic Serres que muestra el asedio de La Habana desde el mar, con el Morro a la izquierda y la ciudad al fondo.
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URL: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Dominic_Serres_the_Elder_-_The_Siege_of_Havana_1762,_view_of_the_city.jpg
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«Dominic Serres the Elder – The Capture of Havana, 1762 – The Morro Castle and the Boom Defence Before the Attack». Otra obra de Serres que muestra el castillo del Morro y la defensa de la entrada del puerto con una cadena (boom defence).
- URL: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Dominic_Serres_the_Elder_-_The_Capture_of_Havana,_1762-_The_Morro_Castle_and_the_Boom_Defence_Before_the_Attack.jpg
Fuentes consultadas:
– Morón García, Juan José. El juicio por la pérdida de La Habana en 1762. Universidad de Sevilla. (archivo local: juicio-perdida-habana-1762.txt)
– Puerto de La Habana: historia militar hasta 1898. XIX Coloquio de Historia Canario-Americana. (archivo local: puerto-habana-historia-militar-1898.md)
– Fernández Duro, Cesáreo. Armada Española. Tomo IV.
– Rodríguez, Amalia. Cinco diarios del sitio de La Habana. La Habana, 1963.
– Kuethe, Allan J. Cuba, 1753-1815: Crown, Military and Society. Knoxville, 1986.
– Pérez de la Riva, Juan. Documentos inéditos sobre la toma de La Habana por los ingleses en 1762. La Habana, 1963.
– Archivo General de Indias, sección Santo Domingo (varios legajos).
– Marchena Fernández, Juan. Reformas borbónicas y poder popular en la América de las Luces.
Fin de la serie «Logística Imperial Española»
Tres artículos para recorrer el sistema de flotas, los arsenales, el aprovisionamiento y el caso de estudio de La Habana 1762. La logística, aburrida, técnica, invisible, fue lo que hizo posible el imperio más vasto de la Edad Moderna, y lo que, cuando falló, lo puso al borde del colapso.
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Fuentes y recursos
Ver también: Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto | La Real Armada del Siglo XVIII: reformas, titanes y ocaso. Fuente: PARTE 3 La Habana 1762 cuando la logística falló.