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Preparativos: la herencia de Álvaro de Bazán y el relevo forzoso
La expedición naval que Felipe II proyectó contra Inglaterra tenía un comandante designado: don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, veterano de Lepanto y artífice de la logística naval española. Su muerte, acaecida el 9 de febrero de 1588, alteró por completo el tablero. La corona necesitaba un sustituto inmediato y el elegido fue el duque de Medina Sidonia, noble competente en la administración territorial pero sin experiencia en el mando de flotas.
El nombramiento no estuvo exento de polémica. Medina Sidonia hubo de ponerse al día y reorganizar unas fuerzas que su antecesor había dejado en distinto grado de preparación. Asumió el mando el 16 de febrero de 1588, fecha que dio inicio a la fase de ejecución de la llamada «Empresa de Inglaterra». Felipe II había movilizado recursos políticos, económicos, religiosos y militares, con el elemento naval en posición preferente dentro del plan.
El arranque real de la maquinaria, sin embargo, fue lento. Cesáreo Fernández Duro lo documenta con dureza: entre febrero y junio de 1588 la maquinaria quedó parada. Las provisiones y el dinero del ejército de Flandes se consumieron, las tropas mermaron por deserción y enfermedad de acampar en playas, y el ánimo del capitán organizador se fue apagando. Cuando la flota zarpó, la ventana operativa se había estrechado.
La flota que cruzó el Canal y el choque de Calais y Gravelinas
La Gran Armada salió de La Coruña el 22 de julio de 1588. Las cifras varían según la fuente: unos registros hablan de 130 barcos, otros de 134 navíos y 49 589 toneladas. Frente a ella, la flota inglesa sumaba 227 barcos y 34 764 toneladas. La diferencia de tonelaje y número favorecía a los defensores, pero el peso de la artillería española era superior.
La costa sur de Gran Bretaña se avistó el 29 de julio. A partir de ahí la campaña se decidió en dos episodios. El primero, el ataque de los brulotes frente a Calais: muchas naves españolas cortaron las cadenas de sus anclas para escapar, lo que dispersó la formación. En el asalto posterior murió el general de las galeazas, Hugo de Moncada, alcanzado por un disparo desde lanchas enemigas. Las galeazas —cuatro unidades, San Lorenzo, Napolitana, Zúñiga y Girona—, construidas en 1583 y 1584 y que arqueaban unas 500 toneladas cada una, no pudieron compensar el desorden.
El segundo episodio fue el combate de Gravelinas, el 8 de agosto. Allí la nave Begoña recibió un castigo severo de la artillería inglesa y hubo de ser socorrida por el galeón São Martín, buque insignia de Medina Sidonia. La jornada no fue una aniquilación, pero confirmó que el plan de enlazar con el ejército de Flandes era inviable. La Armada no había sido destruida en el Canal; tampoco había cumplido su objetivo.
Las galeazas de Nápoles: la apuesta que no pudo sostener el combate
Las cuatro galeazas constituían la fuerza de choque más singular de la expedición. Construidas en 1583 y 1584 en los arsenales napolitanos, arqueaban en torno a las 500 toneladas cada una y combinaban vela y remo, con una potencia de fuego pensada para romper formaciones enemigas. Su actuación en el Canal quedó lastrada por el ataque de los brulotes: dispersadas, sin cadenas que las anclaran a la formación, quedaron a merced de las lanchas inglesas. El general de las galeazas, Hugo de Moncada, murió alcanzado por un disparo desde una de ellas. La Girona, la más célebre de las cuatro, encontró su final semanas después en la costa irlandesa, y sus tesoros y cañones han sido recuperados por arqueólogos en el siglo XX. El balance de la unidad fue el fracaso de una doctrina: la galeaza, arma de aguas tranquilas, no podía sostener el combate de desgaste del Canal.
La composición de la flota: nueve agrupaciones y media docena de funciones
La Gran Armada no era un bloque homogéneo, sino una armada de armadas. Los registros del Cuaderno 27 del Instituto de Historia y Cultura Naval, que sistematiza las tablas de José Luis Casado, desglosan la fuerza en nueve agrupaciones con funciones distintas: escuadras de combate, una escuadra de urcas para transporte, otra de pataches y zabras para enlaces, y las galeazas como fuerza de choque. Los totales que manejan esas tablas —4.451 toneladas para la Escuadra de Portugal, 5.333 para la de Vizcaya, 8.973 para las 21 urcas— permiten dimensionar la empresa con precisión.
Una flota donde la mitad no combatía
El dato más revelador del desglose es el de los no combatientes. Del total de 134 buques, 67 —exactamente la mitad— pertenecían a la categoría de transporte o servicio: dos galeoncetes de la Escuadra de Portugal, pataches y pinazas de Castilla, Vizcaya y Guipúzcoa, las 21 urcas (8.973 toneladas), once pataches y siete zabras de la escuadra de pataches, y las once carabelas de aguada que aseguraban el suministro de agua dulce. Sumaban 13.170 toneladas que no disparaban un cañón en línea de batalla. Ese peso muerto condicionó la maniobra: una formación de 134 velas era, en realidad, una escolta de 67 buques de combate rodeada de un tren logístico vulnerable, el blanco ideal para la táctica de hostigamiento que Howard y Drake aplicaron en el Canal.
El tonelaje como lenguaje común de la logística
Las tablas del cuaderno 27 emplean el tonelaje (toneladas métricas de sueldo) como medida homogénea para comparar buques de origen muy diverso: galeones portugueses, naos vascas, urcas alemanas y flamencas, carabelas de aguada. Esa unificación de criterios es la herencia de la escuela de constructores del siglo XVI, y explica por qué las cifras de la expedición oscilan entre los 130 barcos de unos registros y los 134 de otros: según se cuenten los transportes y las embarcaciones menores, el número varía sin que varíe el tonelaje total, fijado en torno a las 49.589 toneladas. La Armada inglesa, por contraste, sumaba 227 barcos pero solo 34.764 toneladas: más velas, menos masa.
El retorno: naufragios, enfermedad y el desgaste de una guerra larga
La vuelta a España se convirtió en una larga serie de pérdidas. El 22 de septiembre de 1588 los navíos supervivientes comenzaron a entrar en puertos españoles con las tripulaciones maltrechas y un número considerable de enfermos a bordo. El escorbuto y el tifus habían hecho mella durante la travesía, según registran las fuentes contemporáneas. El balance fue de 102 barcos muy averiados y 25 naufragios en las costas de Escocia e Irlanda.
Un año después, Inglaterra contraatacó con la Contra Armada, bajo el mando de Drake. La expedición, de 180 barcos según un recuento o 190 según otro, y casi 27 700 hombres, tenía tres fines: destruir los restos de la Gran Armada en reparación en Santander, conquistar Lisboa para colocar al prior de Crato en el trono portugués e interceptar la Flota de Indias en las Azores. Ya en otoño de 1588 circulaban en Londres rumores sobre estos preparativos.
El resultado inglés fue adverso. Drake perdió la mitad de sus efectivos y nueve barcos, siete de ellos frente a Lisboa. En La Coruña, los intentos de desembarco fracasaron ante la resistencia de 1500 soldados improvisados y de la población; el 18 de mayo, Drake se vio obligado a reembarcar y abandonó el puerto al día siguiente. Las dos armadas, la española de 1588 y la inglesa de 1589, regresaron a casa con 102 barcos cada una.
La relectura estratégica del episodio importa tanto como sus cifras. La derrota de la Armada en el Canal se ha presentado a menudo como un éxito británico decisivo. En realidad fue una victoria táctica en el marco de una guerra que duró dieciséis años y que, según la documentación consultada, acabó ganando España. La Contra Armada inglesa sufrió en La Coruña y Lisboa una derrota mayor, en términos relativos, que la sufrida por la propia Invencible.
Consecuencias logísticas y lecciones para la organización naval
La campaña de 1588 dejó enseñanzas operativas que las armadas europeas tardarían en asimilar. La primera es la primacía de la logística sobre el número de buques. La Gran Armada partió con una dotación de remeros manifiestamente insuficiente: las galeras de Nápoles salieron con solo 943 remeros, lo que daba una media de 4,9 por banco. La segunda es la vulnerabilidad de una flota anclada frente a brulotes, corregida en campañas posteriores con dispositivos de vigilancia y cortafuegos. La tercera, menos evidente pero decisiva, es que la capacidad de reparar y rearmar en puerto propio define la continuidad de una guerra naval: los restos de la Gran Armada se reconstruyeron en Santander mientras Inglaterra no supo capitalizar su victoria en el Canal.
La guerra contra Inglaterra no terminó en Gravelinas ni en el retorno de 1588. Continuó en los puertos cantábricos, en Lisboa y en las Azores, y solo concluyó con un tratado que reconocía el equilibrio alcanzado. La Armada Invencible fracasó en su objetivo de invasión, pero la empresa de Inglaterra no fue, en términos de desgaste estratégico, un desastre unilateral. Ambas potencias sufrieron pérdidas comparables en barcos y hombres, y ambas comprendieron que el dominio del mar no se decide en una sola jornada.
Fuentes consultadas
- Revista de Historia Naval, núm. 143
- Revista de Historia Naval, núm. 152
- Revista de Historia Naval, núm. 153
- Revista de Historia Naval, núm. 139
- Revista de Historia Naval, núm. 120
- Revista de Historia Naval, núm. 134
- Revista de Historia Naval, núm. 126
- Revista de Historia Naval, núm. 110
- Library of Congress
- Library of Congress
- Library of Congress
- Library of Congress
- Cesáreo Fernández Duro, Armada Española, tomo III
Artículos relacionados
- PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló
- PARTE 2: Astilleros, pertrechos y víveres: la máquina logística de la Armada
- PARTE 1: El sistema de flotas y galeones: la logística que sostenía un imperio
- Glosario de Historia Naval
Ver también: PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló | Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto. Fuente: La Armada Invencible de 1588 preparativos y derrota.



