Expedición real al Pacífico

Serie NAV — NAV S12

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La Expedición Real al Pacífico

Introducción

El 30 de julio de 1789 zarparon de Cádiz dos corbetas recién construidas en los arsenales de la bahía, la Descubierta y la Atrevida, con rumbo al océano más vasto del planeta. A bordo viajaban astrónomos, naturalistas, botánicos y dibujantes. La Corona financiaba el mayor programa científico emprendido hasta entonces por la Armada española: medir, describir y cartografiar el Pacífico americano de sur a norte. El hombre que lo dirigía, Alejandro Malaspina, volvió a España en 1794 para ser detenido y condenado; los frutos de su viaje quedaron sepultados en un archivo durante casi un siglo. Esa doble cara, esplendor científico y fracaso político, define a las expediciones españolas al Pacífico del siglo XVIII.

El Pacífico español

Durante dos siglos, el Pacífico había sido un mar español. Desde que los castellanos lo avistaron desde el istmo de Panamá, sus aguas unían los virreinatos de Nueva España y del Perú con Filipinas a través del galeón de Manila, y sus costas americanas se consideraban parte de la monarquía por derecho de descubrimiento. Esa tranquilidad se quebró en la segunda mitad del siglo XVIII. Los rusos, herederos de los viajes de Vitus Bering, bajaban desde Alaska empujados por el comercio de pieles; los británicos, tras las travesías del capitán James Cook, miraban la misma costa, donde la piel de la nutria marina alcanzaba precios extraordinarios en Cantón. El extremo noroeste de América se convirtió de pronto en una frontera disputada. España respondió con reconocimientos navales desde el apostadero de San Blas: tomar posesión de los puertos, levantar cartas y dejar claro que aquella orilla era suya. La historiografía dio a ese esfuerzo el nombre de Expedición Real al Pacífico.

Bodega y Quadra: los primeros reconocimientos

La primera campaña de reconocimiento se organizó en 1775. Bruno de Heceta, al mando del paquebote Santiago, y Juan Francisco de la Bodega y Quadra, al mando de la goleta Sonora, zarparon de San Blas con órdenes de explorar la costa septentrional. Heceta, diezmado por la enfermedad entre su gente, hubo de regresar, pero antes advirtió la desembocadura de un gran río, el que los británicos bautizarían Columbia, y la anotó en su derrota. Bodega siguió hacia el norte, alcanzó los 58 grados de latitud y dejó en la carta el nombre de puerto de Bucareli. En 1779, una nueva expedición, mandada por Ignacio de Arteaga con Bodega y Quadra como segundo y formada por las fragatas Princesa y Favorita, remontó hasta la entrada del actual Prince William Sound, en Alaska, y levantó cartas de la costa que reparten Alaska y la Columbia Británica. Esos mapas fueron los más precisos de la región hasta bien entrado el siglo XIX. La frontera rusa, sin embargo, seguía acercándose.

Malaspina: la gran expedición

Diez años después, la Corona decidió dar el salto de los reconocimientos sueltos a una empresa continental. Nacida en 1789 y concluida en 1794, la expedición de Malaspina fue la mayor empresa científica de la España ilustrada. Las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de Alejandro Malaspina y de José de Bustamante y Guerra, reconocieron la costa patagónica, doblaron el cabo de Hornos, subieron por las costas de Chile y del Perú, recalaron en Nutka, cruzaron el Pacífico hasta Filipinas y continuaron por Australia, Nueva Zelanda y las islas de Tonga antes de volver a España bordeando de nuevo el cabo de Hornos. Fue, en la práctica, una circunnavegación. A bordo viajaban los naturalistas Antonio Pineda y Tadeo Haenke, que reunieron colecciones botánicas extraordinarias, y un grupo de dibujantes que fijó en láminas la fisonomía de las costas y de sus gentes. El resultado fue un corpus de cartas, observaciones astronómicas, medidas de gravedad y estudios económicos y etnográficos sin precedentes en la historia de la Armada. El objetivo estratégico era el mismo que en 1775 y 1779: conocer y defender el Pacífico español frente a rusos y británicos.

La crisis de Nutka

Mientras Malaspina navegaba, la disputa por el Pacífico Norte estalló en un conflicto diplomático. En 1789, el oficial Esteban José Martínez ocupó el fondeadero de Nutka, en la costa occidental de la actual Canadá, y apresó los buques británicos que encontró allí, entre ellos el del capitán James Colnett. España consideraba aquellas aguas suyas; Gran Bretaña, con sus propios intereses en el comercio de pieles, respondió con una movilización naval y una crisis que puso a las dos monarquías al borde de la guerra. Las convenciones que siguieron obligaron a España a ceder sus pretensiones de exclusividad sobre la costa noroccidental y a abrir la región a la navegación británica. Nutka, el puerto que los españoles reclamaban como propio, se convirtió en el símbolo de una soberanía que ya no podía sostenerse con la simple posesión. Las corbetas de Malaspina recalaron en el mismo fondeadero cuando la negociación ya corría en contra de los intereses españoles.

El regreso y la caída

En 1794, las corbetas entraron en Cádiz cargadas de material científico. Malaspina no recogió los honores esperados. Convencido de que la monarquía necesitaba reformas profundas en el gobierno de sus colonias, presentó al rey un plan político que lo comprometió: fue denunciado, juzgado y condenado, y desterrado a Italia, murió lejos del océano que había cartografiado. Sus papeles fueron confiscados, y el depósito hidrográfico guardó los resultados del viaje bajo llave. La publicación de la expedición no llegó hasta finales del siglo XIX y buena parte de sus colecciones se dispersó o se perdió. La suerte de Malaspina no fue un caso aislado: era el síntoma de una Armada que había dado a la ciencia a sus mejores oficiales y que, al mismo tiempo, veía recortado su papel en el mundo.

Conclusión

La Expedición Real al Pacífico resume las luces y las sombras de la España del siglo XVIII. Por un lado, fue una demostración de capacidad: oficiales instruidos, pilotos que medían las longitudes con precisión, naturalistas que describían un mundo nuevo y cartas náuticas que no se superaron en décadas. Por otro, fue un fracaso político: ni los reconocimientos de Bodega y Quadra ni la gran empresa de Malaspina detuvieron el avance ruso ni la presión británica, y la crisis de Nutka cerró el siglo con la costa noroccidental abierta a otras banderas. La ciencia no pudo defender lo que la política ya no estaba en condiciones de sostener. Quedó, eso sí, un testimonio: el último gran gesto de la Ilustración naval española, el de unos marinos que cartografiaron medio mundo mientras su Estado se despedía de él.

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Fuentes y recursos

Ver también: PARTE 3: La Habana 1762: cuando la logística falló | Viento en las velas: cómo la Royal Navy venció al escorbuto. Fuente: Expedición real al Pacífico.

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